Me pasé los primeros días de la semana que hoy concluye buscando vídeos en YouTube de hordas juveniles cantando el «Cara al sol» por las calles de España. La ministra portavoz del Gobierno, Elma Saiz, nos explicó que desclasificaban determinados documentos del 23-F para combatir los bulos de la ultraderecha y para que la chavalería entone otros cánticos. Sobre todo cuando va mamada, digo yo. Como no encontré esas grabaciones de muchachos brazo en alto al acabar el botellón, temí que pudiera suceder algo parecido a lo ocurrido con el Valle de los Caídos.
Cuando en 2019, el Gobierno de Sánchez decidió hacer volar en helicóptero el ataúd de Franco, muchos menores de treinta años descubrieron la existencia de aquel mausoleo a las afueras de Madrid. Fue un episodio un tanto surrealista, que mezcló una impostada pompa británica con un despliegue de cámaras hollywoodiense. Poco después, la izquierda planteó la demolición de la cruz gigantesca que preside la basílica. A partir de entonces, miles de jóvenes, «ignorantes» de nuestro pasado, formaban cada fin de semana atascos de tráfico kilométricos para visitar un espacio que en su día fue un símbolo de exaltación franquista.
Todos los sondeos electorales recogen un auge extraordinario del voto joven que va a parar a Vox. Alguien podría deducir que aquella exhumación cinematográfica de los restos del dictador, y otras decisiones del actual Gobierno en aplicación de la Ley de Memoria Democrática, están logrando en las nuevas generaciones los efectos contrarios a los pretendidos. Lo que viene siendo «hacer un pan como unas hostias».
Espero que no suceda los mismo con la desclasificación de papeles sobre el intento de golpe de Estado en 1981. En una parte del republicanismo español, se palpaba un anhelo íntimo por conocer alguna frase suelta, algún chascarrillo, cualquier expresión de duda que enterrara de por vida a Juan Carlos I en un país extranjero. No ha habido sorpresas, porque del 23-F ya conocíamos lo esencial. Más bien hemos comprobado como los militares golpistas se ciscaban en el Borbón y lamentaban no haberlo atado más en corto, con todo lo que eso pudiera significar tratándose de generales que dieron órdenes aquel día en el Congreso de «primero disparar al aire, y luego a dar».
A pesar de los antecedentes, me gustaría pensar que la juventud española no ha malinterpretado estos días las imágenes repetidas mil veces en las televisiones de un señor con tricornio y bigote subiendo pistola en mano a la tribuna del Congreso de los Diputados. Lo digo con pena y algo de preocupación: para un joven veinteañero, es fácil encontrar cómica aquella chapuza de asonada sucedida hace casi medio siglo.
Y hablando de errores de interpretación, también me gustaría pensar que el anterior Jefe del Estado no se ha equivocado en el análisis de lo sucedido esta semana en España. Tengo escrito hace tiempo que los graves errores cometidos por Juan Carlos I no deberían ocultar un trabajo y unas decisiones personales que ayudaron a consolidar la democracia en España. Por ese motivo, me resultaba injusta la imagen de un anciano de 88 años viviendo alejado de su país y de su familia. Los papeles que hemos conocido esta semana, que han despejado cualquier duda sobre su papel en el 23-F, deberían contribuir a normalizar una situación anómala.
Sin embargo, escuchando estos últimos días a los portavoces oficiosos del Rey emérito, uno tiene la sensación de que se están pasando de frenada. Ellos y Juan Carlos I. Porque una cosa es reconocer sus aciertos y sus actuales circunstancias, y abogar por su regreso a España, y otra distinta plantear un acto de contrición del país hacia su persona. Ni tanto, ni tan calvo. No quiere que le llamen emérito, no quiere que se hable de su edad ni de su salud, no ha dicho que quiera volver a vivir en España y cuando venga quiere dormir en Zarzuela (donde ahora reside otro Jefe de Estado).
Seamos consecuentes. Si es anómala la situación de un Rey que abdicó por voluntad propia, casi nonagenario, residiendo en el extranjero, tampoco es normal que un monarca se comporte como un piloto de Fórmula Uno, o de moto GP, y resida en otro país para pagar menos impuestos. Si esa fuera su decisión final, no es compatible con poner a su disposición un inmueble patrimonio del Estado cuando venga a visitar a la familia, o a los amigos. Todo no puede ser, Majestad. Es necesario algo de coherencia, humildad y quizá también algo más de agradecimiento hacia las personas que en España dieron la cara por él en sus momentos más difíciles.
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