Al dejar atrás los efectos más nocivos y perniciosos de la pandemia de Covid-19, el parón de casi toda la actividad económica vinculada al turismo en todo el planeta, no han tardado en aparecer quienes preferirían que nuestros hoteles estuviesen cerrados y no hubiese apenas vuelos operando en los aeropuertos de Balears para traer visitantes a las islas.
Claman sobre la saturación turística porque no pueden ir a algunas playas a las que a ningún residente en sus cabales se le ocurriría ir ni de pasada. Todo mallorquín que goce de vacaciones en el mes de julio y agosto, la mayoría de ellos funcionarios y profesores, sabe perfectamente que hay lugares que se llenan de turistas y deben ser evitados, si no se quiere compartir el espacio con ellos, que acuden masivamente a visitarlos y a hacerse fotos.
Sin embargo, ahora parece que todos se han caído del caballo repentinamente y han averiguado la realidad de esta comunidad autónoma: nos visitan turistas y la inmensa mayoría de la gente vive de eso. ¡Qué mala suerte tenemos!
En efecto, no todo el mundo puede ser profesor de instituto ni catedrático de geografía de la UIB. Un gran número de trabajadores se dedican a trasladar turistas, a alojarlos, a darles de comer y beber, a ofrecerles entretenimiento, a limpiar lo que ellos ensucian, etc. Son enormemente molestos, pero permiten que tras cinco meses de duro trabajo, a veces seis o siete meses, podamos vivir el resto del año con relativa comodidad.
Tranquilos, que la sensación de saturación que tanto se atiza en las redes sociales y ahora también por parte de muchos medios de comunicación hasta convertirla en el monotema del verano, se diluirá poco a poco conforme concluya la temporada turística 2022. Y no se preocupen, que el año próximo no será como este ni de lejos, a decir de los pronósticos que ofrecen los expertos en la materia.
Pero no importa, porque hay que deshacerse de turistas, de piscinas, de helipuertos, de aviones privados, de coches de alquiler y de todo aquello que uno quisiera tener pero no tiene, razón más que de sobra para prohibir a los afortunados que sí las poseen o las disfrutan aunque sea unas pocas veces al año.
La turismofobia ha vuelto con fuerza, si es que alguna vez desapareció. Realmente estuvo hibernando. Los socios minoritarios del Govern, Podemos y Més per Mallorca, están dispuestos a recurrir al populismo para tratar de zamparse la tostada del PSOE. A los socialistas responsabilizan de la masificación, como si ellos no formasen parte del Ejecutivo que preside Francina Armengol.
No les vale que haya prácticamente pleno empleo y que pese a la inflación desbocada, la actividad económica garantice el crecimiento económico. Exigen decrecer, pero que decrezcan los demás. Que venga alguno y diga que va a llenar de arena su piscina. Que prediquen con el ejemplo.





