La soledad de una ministra de Sanidad radical e incapaz de negociar con los médicos

La reforma del Estatuto Marco de Sanidad se ha convertido en un ejemplo de cómo no debe gestionarse un conflicto con uno de los colectivos profesionales más importantes del país. Lo que comenzó como una iniciativa para actualizar una normativa que data de 2003 ha terminado desembocando en un enfrentamiento abierto entre el Ministerio de Sanidad y buena parte de los médicos españoles, movilizados como nunca antes en defensa de sus reivindicaciones. Las huelgas, concentraciones y protestas se han sucedido durante meses sin que la ministra Mónica García (Más Madrid - Sumar) haya sido capaz de reconducir la situación.

Lo ocurrido esta semana resulta especialmente significativo. Dieciséis comunidades autónomas han reclamado al Ministerio que reabra un diálogo real con los profesionales y busque una salida negociada al conflicto. La imagen política es demoledora. La ministra se encuentra cada vez más aislada, sin el respaldo de la mayoría de las autonomías y frente a un colectivo médico que mantiene un rechazo frontal al texto impulsado por el Gobierno

Ante una contestación de semejante magnitud, cualquier responsable político razonable se plantearía revisar su estrategia. Rectificar no es una debilidad; al contrario, suele ser una muestra de inteligencia política. Sin embargo, la respuesta del Ministerio ha sido exactamente la contraria: perseverar en el mismo camino, ignorando las señales de alarma y atribuyendo la responsabilidad del bloqueo a terceros.

Rectificar no es una debilidad; al contrario, suele ser una muestra de inteligencia política

No deja de recordar a una forma de hacer política que España ya conoció durante la etapa de varios ministros de Unidas Podemos: una convicción ideológica tan férrea que termina derivando en inmovilismo. Cuando la realidad contradice el planteamiento inicial, en lugar de corregir el rumbo se insiste todavía con más fuerza. El resultado suele ser el mismo: conflicto permanente, incapacidad para alcanzar consensos y deterioro institucional.

La sanidad pública atraviesa una crisis sin precedentes a nivel nacional. Hay falta de profesionales, sobrecarga asistencial y dificultades para cubrir plazas en numerosos territorios. Lo último que necesita el sistema es una ministra empeñada en ganar un pulso político. Gobernar consiste en escuchar, negociar y acordar. Persistir en el error cuando todo el mundo pide rectificación no es firmeza; es obstinación. Y esa obstinación no augura nada bueno para el futuro de la sanidad española.

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