Una de las crónicas de cómo parecía caminar la historia en los inicios del siglo XXI fue la aportación de Umberto Eco (A paso de cangrejo, Barcelona, 2007). La leí con pasión. El mundo no parecía ir bien. Muy al contrario, daba la impresión de caminar hacia atrás. Es un hecho que la humanidad, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, entró en una regresión muy peligrosa. Tan ha sido así que ha originado una profunda crisis del sistema democrático liberal y se ha abierto, que ya es decir, a su sustitución por formas explícitas de vuelta al pasado, de un indubitado autoritarismo (cf. Giuliano da Empoli, La hora de los depredadores, Seix Barral, 2025; Delgado, Tecnocesarismo, MD)
Ya el gran Orwell predijo, en su novela 1984, que “el socialismo y la democracia
son en la novela las vías por las cuales ha degenerado la sociedad humana hacia el totalitarismo absoluto» (Vargas Llosa). Y, en efecto, desde entonces han ido apareciendo, en Occidente, dos grandes fuerzas que van a propiciar que Orwelll acierte en sus predicciones (cf. Delgado, La profecía totalitaria se está cumpliendo, Ok.Diario). Nos referimos al retorno del nacionalismo y a la aparición del populismo. Conviene recordar aquí la enseñanza, no atendida, del gran Francisco, en su encíclica Fratelli tutti, nn. 11 y 156-162), para quien tales movimientos aparecen como protagonistas de lo que nos pasa en este momento y que ve como si “la historia da (iese) muestras de estar volviendo atrás”.
Pues bien, aunque puede parecer incomprensible, España también ha caído en la trampa, en volver al pasado, en caminar hacia atrás, como el cangrejo. Y no sólo por vía de retorno de los nacionalismos, que lo son por definición, sino, también, por el protagonismo del populismo de izquierda (el gobierno Sánchez podemizado) y el populismo de derecha: sociedades cerradas en sí mismas (Besteiro, Bildu y Vox, en “El Mundo”, 4. 05.26). Como dicen ser ‘progresistas’, hoy día manifiesta ‘ridiculez’ (Magris, Utopía y desencanto, pág. 9), a muchos les parece incomprensible. Pero, España miró al desorden del otro lado del Atlántico y copió muchas de sus recetas. ¿Qué se podía esperar? Nada bueno. Lo que ahora padecemos y que cada día se agrava aún más (cf. Delgado, Pedro Sánchez, ‘Dios Sol Invicto’, MD) hasta hacerse irrespirable.
En definitiva, ‘las pretensiones dictatoriales de Pedro Sánchez’, en expresión de Antonio Elorza (La muerte del progreso, TO), son, presuntamente, el camino que ha seguido el actual gobierno. Si le quieren llamar ‘progresista’, entiendo que se refieren al de carácter cangrejil, esto es, aquel que gobierna según prácticas del pasado.
Muy diferente es el camino de León XIV. Este Papa tiene muy interiorizado el programa evangelizador de la Evangelii Gaudium (EG). Ya lo puso en práctica en Ciclayo (cf. Jordi Juan, Un Papa valiente …, en ‘La Vanguardia’ 11.05.26): “Los Pastores (…) tienen derecho a emitir opiniones sobre todo aquello que afecte a la vida de las personas” (EG, n. 182); “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos” (EG, n. 183); “Si bien ‘el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política’, la Iglesia ‘no puede ni debe quedarse al margen de la luchas por la justicia’” (EG, n. 183).
Se impone, en consecuencia, una nueva línea a seguir: “Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo (…) De ahí que la conversión cristiana exija revisar ‘especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común’” (EG, n. 182). Ya no es ‘progresista’ encerrar la religión en la sacristía (cf. Antonio Gómez Movellán, Transformar la tribuna parlamentaria en un púlpito, en https://www.sinpermiso.info/busqueda?b=). La izquierda debería flexibilizar sus posiciones sectarias y muy radicales al respecto.
En democracia, "la política no es de los políticos sino de todos". Sabias y oportunas palabras del Alcalde Madrid, pronunciadas en Nueva Economía Forum (RD). Por tanto, la Iglesia "no puede ser excluida de ninguna manera del debate público" y se ha de reivindicar la "voz propia de la Iglesia dentro de los debates que afectan a la sociedad". Cosa diferente es su traducción directa en artículos de ley positiva (cf. Magris, La historia no ha terminado, 2008, pág. 30).
¡Vaya reto! Pero, apasionante y, éste sí, progresista: Humanizar este mundo muy deshumanizado. Se ha de sortear “sin caer en la neutralidad tibia ni en alianzas instrumentales (...) Cuando lo sagrado se pone al servicio del poder, pierde su verdad” (Spadaro, en RD). Prevención lógica, ya que no se debe ignorar la realidad, que representa el clericalismo imperante.


