Un pavo en el jardín

Eran días de humo y plomo, con más penas que luces y con más prisas que fondo. Los editoriales hablaban de guerras entre tiranos y tarados. Y más cerca, de gobernantes de buena planta y de mala fama, de diputados puteros y de suegros de baja estopa y de sauna cara.

Por designios inescrutables, como el vuelo de nuestro huésped, una tarde llegó un pavo real a nuestro coqueto jardín comunitario, entre Na Burguesa y Marivent. Inspeccionó aquel pequeño remanso en terrazas con vistas a la bahía y a sus regatas y lo convirtió en su morada.

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El recién llegado desplegó su diplomacia azul cobalto y su ocelada cola majestuosa. Se le veía oficio en conquistas de auditorios. Ante la estampa algunos rememoramos la rima XVII de Bécquer, hoy la tierra y los cielos me sonríen; hoy llega al fondo de mi alma el sol…, otros creyeron estar ante una aparición mariana y los más leídos anticiparon la buena suerte y prosperidad que le atribuye el Feng Shui. Quizás en nuestro caso traería cuotas de comunidad más baratas y menos derramas extras. Pero algunos silencios auguraban que la rima entre el intruso y los vecinos sería difícil.

Pasaron los días y el pavo fue tan previsible como el CIS de Tezanos. Solía otear desde el mismo árbol bajo el que años atrás, móvil en mano, Miguel Temprano, preparaba su próxima captura como paparazzi de posados. Paseaba altivo, exhibía su majestuoso abanico, hacía las delicias matutinas de algunos con su glugluteo…, pero también depositaba excrementos menos lustrosos que su plumaje.

La pregunta tronó en el chat como el peor rayo de una mala tormenta. ¿Qué hacemos con el pavo?

Sin solución de continuidad afloraron las distintas ideologías del mundo. Los Liberales, fieles a nuestro credo, optamos por un discreto laissez faire, laissez passer. Los Progresistas propusieron subsidiar su manutención dándole alimento y agua gratis. Una escisión personalísima de la línea Marxista, liderada por un vecino aficionado a la copla, reinterpretó la de Perelló y Ródenas de los años 30, Échale guindas al pavo. El precio de las guindas le apeó de su ortodoxia y cambió la letra, sustituyendo aquéllas por porciones de pizza que lanzaba al plumífero desde su balcón.

Finalmente se impuso la Realpolitik. El jardín no sería un zoológico. De nada sirvió acudir al Derecho comparado, señalando a los gatos que campaban a sus anchas entre nuestros setos y defecaban en el jardín. Los instruidos en la materia nos ilustraron. Los felinos estaban constituidos en colonia y habían sido beneficiarios de una regularización masiva que les convirtió casi en un vecino más. La cosa pintaba mal para el ave. Incluso a cualquier therian con autopercepción de cabra que viniera decidido a comerse nuestro césped le ampararía mejor derecho que a él.

Ocurrió lo que tenía que ocurrir. Una aciaga mañana se lo llevaron los de protección animal. El horizonte volvió a estar más oscuro y el jardín menos azul, más triste y menos gallináceo.

En los corazones de todas las sensibilidades se encendieron velas, se elevaron plegarias en su memoria y con copas de emoticono todos brindamos en gran hermandad vecinal para que tan bello ser encontrara un hogar feliz y una pava con la que compartir una vida plena y larga, eso sí, lejos de nosotros.

Aun hoy me desasosiega que se fuera sin un nombre. Yo ya tenía mi propuesta para la próxima Junta de Vecinos. Porque llegó sin ser llamado, ni elegido, por su egolatría, porque durante unas semanas se creyó el dueño del lugar, porque vino para quedarse, seguramente volando, aunque no fuera en un Falcon, le hubiera llamado Pedro.

Juan Jesús Fernández Requena

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