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Una gran actuación

El pasado jueves caminaba de noche por las calles de Oviedo. Decidí atravesar el Campo de San Francisco, el parque urbano más bello y emblemático de la capital del Principado. Saludé a la estatua de Mafalda y paseé entre árboles centenarios hacia la parte más elevada de este bosque urbano, que da a la plaza General Ordóñez. Allí está la sede de la Unión General de Trabajadores de Asturias, ocupando un imponente edificio central de catorce plantas, con otros dos bloques laterales escalonados. La UGT asturiana, estrechamente vinculada al socialismo de la región, fue una de las organizaciones más influyentes en el movimiento obrero en España. Después de la Guerra Civil consiguió movilizar, no sólo al sector minero de la región, sino a gran parte la resistencia antifranquista. Hoy, de su fachada cuelga una gigantesca pancarta con banderas palestinas. Y un lema: Stop Genocidio.

Me detuve ante su entrada principal para observar el cartelón y pensé que, sin duda, la historia de la UGT asturiana era una historia de éxitos. No sólo lograron acabar con la dictadura, sino también reducir las cifras del paro en la región tras la cruda reconversión industrial de los ochenta y noventa. Mejoraron las condiciones de los trabajadores, eliminaron la precariedad laboral y facilitaron la conciliación familiar hasta el punto de que ninguna mujer tiene ya que renunciar a un ascenso por el hecho de ser madre. Alcanzado el pleno empleo en Asturias y erradicado cualquier tipo de discriminación en las empresas, en la UGT han podido elevar la mirada para preocuparse de asuntos de más vuelo, como la guerra en Gaza.

Este es el disparate que, con otras palabras, ha denunciado Gabriel Rufián en el espectáculo que ofreció esta semana en una sala de conciertos de Madrid. La deriva identitaria y populista de la izquierda ha dejado huérfana a una clase trabajadora que se preocupa por la vivienda, claro, pero también por la delincuencia y la inmigración. «Hablar de seguridad, multirreincidencia y flujos migratorios es un reto, no un problema», afirmó el portavoz de ERC en el Congreso. Al escucharle, sentí algo parecido a una absolución. Por un instante, la mayoría de españoles, incluidos los catalanes que no votan a Rufián, dejamos de ser fachas y xenófobos.

Ahora que vienen mal dadas para la izquierda en los sondeos, Rufián reconoce que esa izquierda ha dejado de ocuparse de la «gente», y eso provoca el auge vertiginoso de Vox. Ese es un hecho indiscutible, porque el PP no cae con la fuerza con la que sube el partido de Abascal. Pero ha tenido que ser Rufián el que lo reconozca. Cuando lo dice García Page, para los portavoces del sanchismo se comporta como un felón que le compra los marcos a la derecha. Más allá de quién lo pronuncie, el discurso de Rufián es una enmienda a la totalidad a esa izquierda posmoderna que él mismo lleva años representando.

Hasta aquí llegó el análisis clarividente de Rufián. A partir de ese momento, se le apagaron las luces. Lo que propuso para frenar a la derecha es que, en cada provincia, sólo se presente la fuerza de izquierdas que obtuvo más votos. La incongruencia es tan palmaria que la ha visto hasta Ione Belarra. La líder de Unidas Podemos entiende que, siguiendo ese razonamiento, lo mejor sería que solo se presentara el PSOE. El beneficio para Sánchez de esta maniobra es obvio. Por algo se han volcado El País y la Sexta en esta operación surrealista para sustituir a Yolanda Díaz por un independentista catalán.

Pero el punto más descacharrante del proyecto rufianesco se refiere al reparto de los sacrificios necesarios para frenar el fascismo. En el caso de Bildu, sólo debería presentarse en las tres provincias vascas y en Navarra. Nada de que el partido de Otegi intente sacar un diputado por Almería, o por Badajoz. El caso de ERC es algo más doloroso, porque tendría que renunciar, no sólo a presentarse en Orense, o en Teruel, sino también a conformar una lista por Barcelona, dado que allí le superaron los Comunes. Oriol Junqueras ya le ha dicho a Rufián que, si Cataluña tuviera 29 provincias, ERC presentaría 29 listas.

Gabriel Rufián tiene tirón entre la chavalería que consume Tik Tok. Ese arrastrar las palabras, ese dedo acusador agitándose hacia la bancada azul, esa bofetada preventiva a la derecha para dejar claro quién es él, ese silencio previo a apretar el botón nuclear de la frase demoledora, que con el tiempo queda reducida a una bomba fétida. Las intervenciones de Rufián entretienen porque es un buen actor. Por desgracia, a esto parece reducirse hoy el debate en la izquierda, a una gran actuación.

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