Para las decenas de miles de ucranianos que se manifiestan desde el domingo en el centro de Kiev la disyuntiva no existe, el único futuro que quieren para su país es la asociación con la Unión Europea. Y parece que en esta ocasión la tradicional contraposición entre el este rusófono y rusófilo y el oeste ucrainófono y europeísta no es tal, ya que, junto a la indiscutible adhesión de las regiones occidentales a la opción proeuropea, también una mayoría de la población de las zonas orientales y meridionales sería favorable a la asociación con la UE. De hecho, el presidente Víctor Yanukóvich y su gobierno del Partido de las Regiones, rusófilo y cuyo feudo electoral está en las zonas de mayoría rusófila, es el que había negociado con la UE la firma del tratado de asociación, prevista para la cumbre europea de Vilna de este jueves y viernes, 28 y 29 de noviembre, desoyendo los cantos de sirena que llegaban desde el Kremlin para que diera un giro de 180º hacia el este y se integrara en la Unión Aduanera promocionada por el presidente Putin y su gobierno. Incluso muchos de los empresarios y oligarcas de la industria pesada, muy interconectados con Rusia, estaban de acuerdo en el camino hacia la relación con la UE,
El gobierno ucraniano ha realizado avances significativos en las condiciones requeridas por la UE que, como siempre, no eran solo de índole económica, sino que también se referían a la calidad democrática de las instituciones, el avance hacia la separación de poderes, hacia la independencia del poder judicial, la lucha contra la corrupción y el respeto a los derechos humanos. Como requisito simbólico, la UE exigía la liberación de Yulia Timoshenko, anterior jefe de gobierno y rival de Yanukóvich en las elecciones presidenciales, encarcelada tras un juicio considerado arbitrario e ilegal por el Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Parecía que iba a ser excarcelada para que pudiera recibir atención médica en Alemania, pero la semana pasada el parlamento votó negativamente a su liberación.
Parece que los cantos de sirena rusos se transformaron en presiones y amenazas más o menos explícitas, que han conseguido finalmente su propósito y, al menos de momento, Ucrania no firmará el tratado de asociación con la UE, lo que ha llevado a las manifestaciones multitudinarias de los ciudadanos ucranianos indignados, en una posible repetición de la marea naranja de 2004, cuando las manifestaciones masivas de los ciudadanos contra el fraude en las elecciones presidenciales, que había “ganado” oficialmente Yanukóvich, obligó a su repetición, lo que supuso la victoria del candidato opositor y prooccidental Víctor Yúshenko quien, por cierto, había sido envenenado con dioxina, lo que le produjo deformaciones físicas permanentes en el rostro y otras zonas corporales. Al parecer Rusia ha utilizado una mezcla de amenazas de restricciones de suministro y subida del precio del gas, del que depende Ucrania, restricciones a las importaciones rusas de productos ucranianos y otras similares, junto a promesas de inversiones multimilmillonarias en la industria ucraniana, que supondrían la creación de decenas de miles de puestos de trabajo, así como ayuda económica masiva a Yanukóvich para su campaña de reelección como presidente.
Rusia quiere volver a controlar lo que fue el área periférica de la Unión Soviética y considera como una amenaza el acercamiento de cualquiera de esos países a la UE, con la excepción de las tres repúblicas bálticas que ya son miembros de la misma. Para contrarrestar la influencia europea ha creado la Unión Aduanera, formada por la propia Rusia, Bielorrusia y Kazajistán y la Comunidad Económica Euroasiática, compuesta por esos mismos tres países, Tayikistán y Kirguizistán y ha anunciado un proyecto más ambicioso que denomina la Unión Económica Euroasiática, que integraría ambos organismos. Ya ha conseguido que Armenia, que también iba a firmar un tratado de asociación con la UE, renuncie a ello y solicite su adhesión a la UA. No hay que olvidar que Armenia tiene un tratado de cooperación y asistencia militar con Rusia, crucial en su disputa con Azerbaiyán por la región del Alto Karabaj, conflicto no resuelto que ya provocó una guerra entre ambos países.
Pero los movimientos rusos no responden solo a razones geopolíticas, estratégicas o económicas. Todos los países surgidos de la Unión Soviética tienen regímenes que, o son directamente dictatoriales, o son autoritarios con ciertos elementos formales de apariencia democrática. El avance de Ucrania, el país al que los rusos se sienten más unidos sentimentalmente, quizás porque fue el embrión de la propia Rusia, hacia una verdadera democracia representativa, levanta ampollas en los actuales mandatarios del Kremlin, que están dispuestos a impedirlo a toda costa.
Por eso es por lo que los manifestantes ucranianos están decididos a desafiar de nuevo al frío y a la represión policial y persistir en la protesta, que han bautizado euromaidán, plaza de Europa, porque ven en la UE la única alternativa para que su país se convierta en una verdadera democracia. La diplomacia europea y su alta representante, Catherine Ashton, a la que, igual que se le ha criticado, con razón, su bajo perfil, hay que reconocerle ahora sus méritos en dos éxitos internacionales relevantes: el acuerdo de principio entre Serbia y Kosovo y el muy reciente acuerdo de Irán con las grandes potencias acerca del programa nuclear iraní, se encuentran ante un gran desafío que requerirá muchos esfuerzos diplomáticos, no solo con Ucrania sino también con Rusia para reconducir la situación y conseguir, como primer paso urgente, la excarcelación de Yulia Timoshenko, cuyo precario estado de salud puede empeorar dramáticamente debido a que, con motivo de estos acontecimientos, ha iniciado una huelga de hambre.



