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Unos ocho metros lineales

martes 14 de septiembre de 2021, 03:00h

Quizás unos dieciséis metros cuadrados, aproximadamente será de lo que les voy a hablar hoy, espero, con ese pequeño espacio no aburrirles en exceso.

Nuestro bien amado y nunca bien ponderado Alcalde el Almirante Hila cuando publica un tuit lo hace empezando, con demasiada frecuencia, la Palma que volem. La verdad es que no sé muy bien si usa el plural mayestático y realmente habla de sí mismo o por el contrario se refiere a quienes somos afortunados de vivir en Palma y desgraciados por tener el primer edil, que si llega a ministro, como fue Churchill antes que Premier, será el Primer Lord del Almirantazgo.

Muchas líneas, quizás demasiadas, se dedican al estado lamentable en el que se encuentra nuestra maravillosa Ciudad a la que los gobernantes del consistorio hacen oídos sordos. La situación es insostenible desgraciadamente.

Palma es una Ciudad habitada por buena gente, por ciudadanos solidarios que en unos casos destinan recursos económicos y en otros su tiempo para ayudar a los demás. Uno de los lugares donde se hace mucho bien es la Iglesia de los Capuchinos donde héroes sin capa dan comida a hermanos, a seres humanos si lo prefieren, que pasan por una mala situación. No es gente marginal, no es gente enferma de alguno tipo de adicción, es gente como Vd. y como yo que la vida les está dando una mala pasada y los está poniendo a prueba. Crisis económica, Covid, gestión catastrófica de nuestros gobernantes. Variadas son las causas de la creciente cola del hambre.

Justo enfrente de la antedicha Iglesia, en la que tanto bien se hace, en el otro lado de la calle, hay varios contenedores de deben medir unos ocho metros de largo por dos de ancho, las medidas son obviamente a ojo. Esos contenedores, son el ejemplo de la Ciudad que no queremos.

Los contenedores de delante de los Capuchinos, unos dieciséis metros cuadrados de la Ciudad, es lo que ven los visitantes cuando saliendo de la Plaza de España como nudo de comunicaciones, se encaminan al centro de la Ciudad paseando. Es un aviso a los navegantes (propio de un Almirante) de lo que verán.

El suelo de la acera está pringado de una sustancia indescriptible que a veces te hace quedarte pegado en el suelo y otras que te resbales con el consiguiente riesgo de caída. Si esta se produce además del riesgo de lesión se produce un embadurnamiento de la ropa que ni el que lava más blanco soluciona. La ropa debe desecharse.

El hedor, que también es una forma de apreciar la suciedad, es insoportable. Me gustaría disponer de la capacidad de Suskind en el perfume en la que describe Paris, no el actual que todo parece aromatizado sino el París del siglo XVIII. La crudeza con que lo hace es adictiva y a veces de una crueldad indescriptible. Parece que Palma ha retrocedido tres siglos.

Como les decía no soy capaz de poner adjetivos a lo que huele, quizás nauseabundo, vomitivo, por ahí andará. Es un olor desagradable y agresivo que lo sientes hasta la garganta incluso en determinados días alguna lágrima se escapa como consecuencia del impacto aromático.

Esos dieciséis metros cuadrados naturalmente tiene sus habitantes, están especialmente hermosas las ratas y las cucarachas que sin duda alcanzan el tamaño de una ración. Nada bueno se puede cocer en los bajos o dentro de los contenedores de los que les hablo.

Por si eso fuera poco dichos contenedores se limpian con la lluvia y cuando eso pasa se desprenden unos chorretes de mugre que mitad llegan al asfalto y la otra mitad a la acera donde una vez más el ciudadano tiene que controlar el posible resbalón y con el otro ojo que no le atropelle un patinete con un descerebrado a bordo.

Propongo que los regidores, de cualquier partido, empezando por el primero, visiten la zona cero de la que les hablo. Seguro que alguna vez han comprado en los almacenes alemanes frente a los que están. Está a unos cinco minutos, quizás siete, de la Plaza de Cort y saquen sus propias conclusiones.

Y si hacen ese esfuerzo de dejar de pisar moqueta valoren que hemos hecho mal los Palmesanos para merecer esa mierda en nuestras calles. Son solo dieciséis metros cuadrados, pero como estos abundan para desgracia nuestra.

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