Un movimiento social histórico

XV aniversario del 15-M: De la acampada de Plaza de España a la decepción general

Imagen de la Plaza de España el 15 de marzo de 2011.

El 15-M, iniciado en 2011, fue un movimiento social que exigió «Democracia real ya» en España. Aunque ha perdido visibilidad, sus reivindicaciones, como la precariedad y el acceso a la vivienda, siguen vigentes. Su impacto político en Baleares es indudable, pero fue incapaz de articular soluciones para aquellos problemas, muchos de los cuales han ido a peor.

El 15 de mayo de 2011 miles de personas salieron a las calles de toda España exigiendo “Democracia real ya”. Lo que comenzó como una protesta contra la precariedad, el desempleo, la corrupción y la sensación de divorcio entre ciudadanía y clase política acabó convirtiéndose en uno de los movimientos sociales más importantes de la historia reciente del país. También en Mallorca.

Quince años después, apenas queda rastro de aquel movimiento, conocido como el 15-M, por más que muchas de las razones que llevaron a la gente a acampar en espacios públicos y a hacer asambleas populares permanentes —contra los privilegios políticos, la especulación urbanística, el encarecimiento de la vivienda, los desahucios o la precariedad juvenil— continúan plenamente vigentes. Algunos de aquellos problemas incluso se han agravado hasta niveles inasumibles, como la dificultad de acceder a una vivienda.

De aquella ola de indignación general nació Podemos, el partido de los desheredados, los humildes y los trabajadores, medio antisistema, aspirante a tomar el cielo por asalto (como dijera Pablo Iglesias en el congreso fundacional de la formación en octubre de 2014). De ideología netamente neocomunista, logró en muy poco tiempo incluso formar parte de gobiernos a todos los niveles.

Pero eso forma parte del pasado. En Baleares está al borde de la extinción. Los ciudadanos, después de comprobar en sus propias carnes qué tipo de políticos eran y la diferencia entre lo que decían en sus discursos y lo que hacían realmente, en las elecciones municipales y autonómicas de 2023 no sólo los sacaron del poder; los expulsaron de las principales instituciones.

La indignación también prendió en Palma

La crisis económica de 2008 golpeó con especial dureza a Baleares. El archipiélago, extremadamente dependiente del turismo y de la construcción, sufrió una destrucción masiva de empleo. Miles de jóvenes altamente formados encadenaban contratos temporales, salarios bajos o directamente emigraban. Mientras tanto, la ciudadanía asistía a una cascada de escándalos políticos y judiciales que afectaban de lleno a las islas.

Era la época del caso Palma Arena, del caso Nóos, de las investigaciones por corrupción urbanística y del profundo desgaste institucional provocado por años de excesos políticos y económicos. El clima social era explosivo.

La infanta Cristina durante su declaración en el juicio del caso Nóos. Fue absuelta.

En ese contexto, las movilizaciones convocadas el 15 de mayo de 2011 por la plataforma ‘Democracia Real Ya’ tuvieron una importante respuesta en Palma. La manifestación desembocó en una acampada en la Plaça d’Espanya que, durante semanas, se convirtió en el gran símbolo mallorquín del movimiento de los indignados.

Allí convivían estudiantes, trabajadores precarios, desempleados, activistas históricos, funcionarios, jubilados y jóvenes que participaban por primera vez en política. Se organizaron asambleas abiertas, comisiones de trabajo y debates permanentes sobre vivienda, banca, democracia participativa o sostenibilidad. La imagen de decenas de tiendas de campaña instaladas en pleno centro de Palma marcó aquel verano en Mallorca.

Un movimiento heterogéneo

Uno de los rasgos distintivos del 15-M fue precisamente su carácter transversal. No existía un liderazgo claro ni una estructura jerárquica tradicional. Las decisiones se tomaban en asamblea y las intervenciones se regulaban mediante códigos gestuales que acabarían convirtiéndose en iconografía del movimiento: las manos levantadas agitándose para mostrar acuerdo, los turnos de palabra o las comisiones temáticas.

En Mallorca, como ocurrió en otras ciudades españolas, el movimiento reunió sensibilidades ideológicas muy distintas. Había militantes de izquierdas, ecologistas, libertarios, votantes desencantados del PSOE, ciudadanos sin experiencia política e incluso personas procedentes del ámbito conservador que compartían una misma frustración: la percepción de que el sistema había dejado de representar a la mayoría social.

Las críticas apuntaban tanto al bipartidismo PP-PSOE como al poder financiero. “No nos representan” fue una de las consignas más repetidas también en Palma.

El rechazo a los rescates bancarios mientras aumentaban los desahucios conectó especialmente con una sociedad golpeada por el paro y la precarización. La cuestión de la vivienda, hoy convertida en el principal problema social de Baleares, ya ocupaba entonces un lugar central en las reivindicaciones del movimiento. Desde entonces, aunque parezca imposible, las cosas han ido a peor. Mucho peor.

El impacto político en Baleares

Aunque el 15-M rechazaba inicialmente convertirse en partido político, su influencia acabó alterando profundamente el mapa institucional español y balear.

En Mallorca, el clima de indignación social favoreció el auge de nuevas formaciones políticas y el hundimiento progresivo del viejo esquema bipartidista. El surgimiento posterior de Podemos encontró un terreno fértil en unas islas donde el descontento con la política tradicional era enorme.

Muchos activistas del 15-M acabaron integrándose en candidaturas municipalistas, movimientos sociales o partidos emergentes. En Palma, las elecciones municipales de 2015 reflejaron claramente aquel cambio de ciclo político. Las nuevas fuerzas lograron irrumpir con fuerza en las instituciones y condicionaron la gobernabilidad tanto del Ajuntament de Palma como del Govern balear.

Unidas Podemos 26M sede

También cambió el lenguaje político. Conceptos como “casta”, “empoderamiento ciudadano”, “participación”, “transparencia”, “revocatorio” o “derecho a la vivienda” pasaron del activismo al discurso institucional.

Sin embargo, el paso de la protesta a la gestión también generó una profunda frustración entre parte de quienes participaron en aquellas movilizaciones. Muchos consideran que la institucionalización del espíritu del 15-M acabó domesticando buena parte de su impulso transformador. Quienes fueron elegidos líderes de Podemos pronto se olvidaron de convocar a los “círculos” para tomar decisiones.

Aquellos que habían prometido que los cargos públicos verían limitados sus salarios con la prohibición de no cobrar más de tres veces el salario mínimo, pronto incorporaron multitud de excepciones para saltarse la norma. Y quienes habían asegurado que jamás formarían parte de la “casta política” ni se mudarían de barrio —como hizo Pablo Iglesias, cuando aseguró que no se marcharía de su modesto piso del humilde barrio de Vallecas— en cuanto tuvieron ocasión se compraron un chalé de 600.000 euros en Galapagar, una zona exclusiva y privilegiada a las afueras de Madrid.

De la utopía colectiva al cansancio social

Quince años después, algunos de los diagnósticos del 15-M parecen incluso más actuales que entonces. Baleares continúa liderando muchas estadísticas de precariedad vinculadas al acceso a la vivienda. El precio del alquiler se ha disparado hasta niveles históricos, el incremento poblacional y la sensación de saturación por la llegada masiva de turistas genera un creciente malestar social y numerosos trabajadores no pueden permitirse vivir en las islas donde trabajan.

Paradójicamente, muchas de las generaciones que protagonizaron las protestas de 2011 afrontan ahora problemas similares, aunque desde otra etapa vital: emancipación imposible, salarios insuficientes o incertidumbre permanente.

El movimiento también dejó una huella cultural y social importante en Mallorca. De aquellas asambleas surgieron redes vecinales, plataformas contra los desahucios, colectivos ecologistas y movimientos vinculados a la defensa del territorio o a la crítica del modelo turístico.

En cierto modo, buena parte de las actuales protestas contra la masificación turística o contra la crisis habitacional contienen elementos discursivos heredados directamente del 15-M.

Una generación marcada por la crisis

La generación que alcanzó la edad adulta durante la gran recesión quedó profundamente condicionada por aquel contexto. En Baleares, donde la economía depende extraordinariamente de factores externos como el turismo o el precio del transporte aéreo, la sensación de vulnerabilidad económica fue especialmente intensa.

El 15-M actuó como catalizador emocional de toda una época. No solo era una protesta política. También expresaba una ruptura psicológica con la promesa de prosperidad que había dominado España durante décadas.

Muchos jóvenes descubrieron entonces que, pese a tener estudios superiores, hablaban idiomas y acumulaban formación, sus expectativas de futuro eran peores que las de sus padres. Aquella frustración colectiva alimentó una movilización inédita.

La Plaça d’Espanya de Palma se convirtió durante semanas en una especie de laboratorio político y social donde se discutía prácticamente todo: desde la reforma electoral hasta la banca pública, pasando por el decrecimiento turístico, la sostenibilidad territorial o el futuro de Europa.

El legado del 15-M en Mallorca

Quince años después, el balance sigue abierto. Para algunos, el 15-M democratizó el debate público, despertó políticamente a toda una generación y obligó a las instituciones a hablar de transparencia, participación y desigualdad. Para otros, el movimiento terminó siendo absorbido por la propia lógica del sistema que pretendía cuestionar.

Lo cierto es que su impacto sobre la vida política y social de Mallorca resulta indiscutible. Alteró discursos, impulsó nuevos liderazgos, erosionó viejas estructuras partidistas y colocó en el centro debates que hoy dominan la agenda pública balear: vivienda, turistificación, precariedad, sostenibilidad y desafección política.

La acampada de la Plaza de España desapareció hace mucho tiempo. Las tiendas fueron desmontadas y las asambleas dejaron de celebrarse. Pero muchas de las preguntas que formularon aquellos indignados siguen sin respuesta quince años después. La decepción fue manifiesta y todavía durará mucho tiempo más.

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