La Copa del Mundo de Fútbol se acaba, al fin. Una Copa que pasará a la historia por varios motivos. Se habrá convertido en la Copa del dispendio, las manifestaciones, las protestas y la violencia. Será recordada como la famosa Copa donde España hizo el ridículo siempre que jugó (¡que gran partido contra Holanda y como lo disfruté en riguroso directo sentado entre holandeses!). Será la Copa de los siete goles contra Brasil. La Copa de Costa Rica. La Copa donde el fútbol europeo desapareció, a excepción de la finalista Alemania.
En una época de crisis y en países pobres no se entiende como el fútbol continua viviendo al margen de problemas económicos y desigualdades sociales. Nunca un deporte había obviado tanto las preocupaciones de sus aficionados. ¿Seremos tontos o es que necesitamos pan y circo?... O mejor, ¿ambas cosas?
Y la cosa no tiene visos de cambiar. Iremos a Rusia (2018), más pobreza, democracia relativa y desigualdades. Iremos a Qatar (2022), Mundial comprado, dictadura, desigualdades sociales, derechos de la mujer inexistentes... Pero el fútbol volverá, volveremos a ver sufrir las aficiones, volveremos a ver hombretones llorar, volveremos a las victorias y los ridículos, volveremos a gastar centenares de millones de euros en estadios que nunca se volverán a llenar situados en lugares donde no hay ninguna afición al fútbol.
¿Qué sentido tiene todo esto? ¿Este es el deporte que anhelamos? ¿Este el espíritu deportivo que queremos proclamar?
A mí me produce tristeza comprobar que el fútbol no es más que una extensión de un día a día cada vez más injusto socialmente. Como mínimo harían bien en no querer embaucarnos hablando de espíritu olímpico, de alma del deporte. ¡Basta ya de farsas!



