El curso escolar 1975-76 había supuesto, en cierta forma, mi resurrección como estudiante. En aquellas fechas, había cursado 7º de EGB en el Colegio San Agustín de Palma y había obtenido la calificación de 'Notable' como nota final.
Justo un año antes, en 6º, mi puntuación global había sido un simple 'Bien', una nota que, ay, había disgustado muchísimo a mis padres y que, con el tiempo, acabaría siendo mi peor resultado en Secundaria.
De niño, yo era un alma un poco dispersa, más partidaria de pasarse las tardes leyendo cuentos, comiendo dulces, observando a los vencejos o durmiendo en una butaca orejera, que preparando los exámenes antes de cada evaluación. Esa circunstancia tan peculiar acababa provocando casi siempre los mencionados vaivenes —más vai que venes— en mis boletines escolares.
Fue también en aquel curso 1975-1976 cuando, al inicio, entré como monaguillo en la Iglesia del Socorro, situada al lado de dicho colegio y regentada también por los agustinos. En aquel momento, había ya dos monaguillos oficiales, Mateo y José, con los que sintonicé desde el primer momento. Los tres teníamos en 1975 doce años de edad.
En general, yo creo que éramos unos buenos monaguillos, aunque cometíamos de vez en cuando algunas pequeñas travesuras, como jugar al fútbol en el interior de la sacristía o beber el moscatel de la misa antes de ser consagrado.
Había sido mi madre quien había pedido al entonces párroco, el padre Paco, mi incorporación como escolanet, pues en aquel entonces los progenitores de los monaguillos del Socorro estaban exentos de abonar la preceptiva mensualidad que se pagaba por tener un hijo estudiando en San Agustín, que era un centro concertado.
Mis dos hermanos, Gaspar y Joan, también estudiaban allí, así que fue un pequeño alivio para las arcas familiares que el padre Paco hubiera decidido atender de manera generosa y desinteresada la petición de mi madre, pues, además, económicamente las cosas no nos iban muy bien en casa. En realidad, nunca nos terminarían de ir del todo bien, ni en los años precedentes ni en los posteriores.
Mi padre, mi madre, mis dos hermanos y yo vivíamos en un piso ubicado en el número 23 de la calle Ballester, una travesía que formaba parte del antiguo barrio chino de Palma. Vivíamos, en concreto, en el piso segundo izquierda, mientras que mi abuela materna —a la que adoraba— vivía justo enfrente, en el segundo derecha.
En el entresuelo del número 25 de esa misma calle había abierto mi padre un taller de reparación de televisores y radios a mediados de los años sesenta, tras haber dejado de manera voluntaria su trabajo como técnico en Radio Borne, una tienda que estaba situada en la calle San Miguel y que era muy popular en aquellos años.
Yo ya era muy futbolero entonces, así que seguía con pasión los avatares de mi querido equipo del alma, el Real Mallorca. El conjunto barralet se encontraba entonces un poco peor que ahora —o eso creo—, formando parte del Grupo III de la Tercera División, que era un grupo integrado por equipos de Aragón, Cataluña, Baleares y la Comunidad Valenciana.
El Mallorca terminaría ocupando una discreta novena plaza en aquella temporada 1975-76, en la que tuvo como compañeros de viaje isleños en ese mismo grupo al Constancia, el Atlético Baleares y la S.D. Ibiza.
A pesar de que cada domingo por la tarde escuchaba fielmente el Carrusel Deportivo de la SER, me gustaba comprar los lunes el Marca o el Dicen. A veces compraba también la Última Hora, el Diario de Mallorca o el periódico Baleares, que entonces formaba parte de la denominada Prensa del Movimiento, con su yugo y sus cinco flechas.
Me gustaba leerlos tranquilamente, mientras desayunaba en la mesa del comedor, pese a que mi madre solía repetirme que no era bueno para mi estómago ni para la digestión leer y comer al mismo tiempo.
Y tenía razón, como en muchas otras cosas, salvo quizás en una, pues creía firmemente que en España se desataría otra Guerra Civil tras la muerte de Francisco Franco, que había sido el jefe del Estado entre 1939 y 1975, en el marco de un régimen que se autodenominaba a sí mismo como «democracia orgánica» pero que en realidad había sido una dictadura de casi cuatro décadas.
Tras la muerte del general Franco el 20 de noviembre de 1975 y la proclamación de Juan Carlos I como rey dos días después, parecía que por fin podría iniciarse un progresivo proceso de recuperación y restauración de la democracia en nuestro querido país, un proceso que en cualquier caso no se preveía nada fácil y que, efectivamente, no lo fue en absoluto.
Con el tiempo, ese periodo de la historia de España acabaría siendo conocido como la Transición, que seguramente haya sido nuestro mayor éxito colectivo como nación en los dos últimos siglos.
Si tuviéramos que poner una fecha al inicio de ese periodo, podríamos ponerle la del 3 de julio de 1976, día en que Don Juan Carlos designó a Adolfo Suárez como nuevo presidente del Gobierno, en sustitución de Carlos Arias Navarro, con la complicidad previa del entonces presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, Torcuato Fernández-Miranda.
Aquel día yo había ido por la mañana a la playa de Ciudad Jardín con mi familia, como habíamos hecho ya antes muchas veces y como haríamos después muchas otras. Personalmente, aún me duraba mi alegría por mi reciente 'Notable' en el colegio, que se incrementó muy especialmente porque ese mismo día comí por vez primera un helado crocanti como premio.
Unas horas después, al llegar a casa, vimos por televisión imágenes del recién elegido presidente, que de inmediato nos cayó muy bien a todos. Es cierto que yo aún era un niño, pero ya entonces percibí en Suárez una bonhomía que me inspiraba muchísima confianza, una confianza que en mi caso se iría renovando año tras año a lo largo del lustro siguiente, y que se iría transformando luego en reconocimiento, admiración y gratitud, tres sentimientos que a día de hoy aún permanecen intactos.
Mirando ahora hacia atrás, hacia el medio siglo exacto transcurrido desde entonces, pienso en la inmensa suerte que como país tuvimos aquel 3 de julio de 1976, tanta, que de haber sido yo luego historiador les habría puesto al Rey, a Suárez y a Fernández-Miranda la nota que yo ya nunca obtuve en la escuela en los años siguientes: un merecidísimo 'Sobresaliente'.





