Resulta sencillamente intolerable que en el aeropuerto de Palma se estén produciendo situaciones de abandono y desatención a pasajeros con movilidad reducida. Y todavía más grave es que estas denuncias no respondan a un incidente aislado, sino a un problema estructural que se arrastra desde hace tiempo y que afecta directamente a uno de los servicios más sensibles y esenciales de cualquier infraestructura aeroportuaria moderna.
El aeropuerto de Son Sant Joan no es un aeródromo cualquiera. Es una gigantesca infraestructura que mueve decenas de millones de pasajeros al año y que, además, se ha convertido en un espacio descomunal donde recorrer largas distancias forma parte inevitable de la experiencia del viajero. Su propio diseño modular obliga en muchos casos a caminar más de un kilómetro entre aparcamientos, controles y puertas de embarque. Precisamente por ello, el servicio de asistencia a personas con movilidad reducida es imprescindible.
Las imágenes y testimonios conocidos estos días son impropios de un aeropuerto europeo de primer nivel. Vehículos en mal estado, problemas mecánicos, falta de personal, pasajeros esperando durante largos periodos sin atención adecuada y trabajadores sometidos a jornadas maratonianas conforman un escenario alarmante. Cuando una sola persona debe atender hasta 18 usuarios vulnerables o cuando se denuncian turnos de hasta 17 horas, ya no estamos hablando únicamente de precariedad laboral. Estamos hablando de seguridad, dignidad y responsabilidad pública.
Aena no puede mirar hacia otro lado escudándose en concesionarias o adjudicatarias
Aena no puede mirar hacia otro lado escudándose en concesionarias o adjudicatarias. La responsabilidad última sobre el funcionamiento del aeropuerto es suya. Y más aún cuando hablamos de pasajeros especialmente vulnerables: personas mayores, usuarios en silla de ruedas, enfermos o viajeros con discapacidad que dependen completamente de este servicio para poder desplazarse con normalidad.
Resulta paradójico que mientras el aeropuerto de Palma presume constantemente de modernización, ampliaciones comerciales y cifras récord de pasajeros, existan servicios básicos funcionando al borde del colapso. La obsesión por convertir Son Sant Joan en una gran máquina de facturación y consumo no puede ir en detrimento de la atención humana más elemental.
Porque el verdadero nivel de un aeropuerto no se mide únicamente por el número de vuelos o por el tamaño de sus tiendas duty free. También se mide por cómo trata a quienes más ayuda necesitan. Y en estos momentos, la imagen que transmite el aeropuerto de Palma es profundamente preocupante.





