La inmigración irregular es uno de los grandes retos estructurales de Baleares y del conjunto de España. Las imágenes de pateras llegando a las costas de Ibiza, Formentera o Mallorca ya forman parte de una rutina inquietante que tensiona los servicios públicos, desborda los dispositivos de acogida y genera una creciente sensación de impotencia institucional. En este contexto, la reclamación de la presidenta del Govern, Marga Prohens, de reforzar las fronteras marítimas del archipiélago y reclamar mayor implicación de la Unión Europea resulta lógica, razonable y ajustada a la realidad que viven las islas.
Durante demasiado tiempo, el debate migratorio ha estado secuestrado por el buenismo ideológico, por los discursos vacíos y por una peligrosa incapacidad para llamar a las cosas por su nombre. Controlar las fronteras no es xenofobia. Combatir las mafias que trafican con seres humanos no es extremismo. Exigir orden, seguridad y capacidad de gestión no implica renunciar a la humanidad ni a la solidaridad. Precisamente lo contrario: sólo desde un sistema ordenado y sostenible puede atenderse con dignidad a quienes llegan en situación desesperada.
El Gobierno central sigue transmitiendo una preocupante sensación de ausencia
Baleares sufre además una vulnerabilidad añadida derivada de su condición insular. El Mediterráneo occidental se ha convertido en una nueva ruta de entrada irregular desde Argelia, con especial incidencia en las Pitiusas. Las cifras crecen mientras los recursos son limitados y mientras el Gobierno central sigue transmitiendo una preocupante sensación de ausencia. La combinación entre mensajes de regularización masiva y escaso control fronterizo alimenta inevitablemente un efecto llamada que ya nadie puede negar seriamente.
Europa no puede mirar hacia otro lado. Y España tampoco. Las fronteras de Baleares son también fronteras europeas. Por eso resulta imprescindible reforzar medios marítimos, policiales y diplomáticos, agilizar las devoluciones cuando proceda y establecer una política migratoria coherente, seria y basada en el interés general. La solidaridad no consiste en dejar que todo el mundo llegue sin control, sino en evitar que el Mediterráneo siga siendo una autopista de la desesperación y de las mafias.


