Según el portavoz del grupo parlamentario socialista Patxi López, millones de españoles ya dicen estar con Begoña…y Pedro. Esta afirmación fue, podríamos decir, la anécdota de la comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso de los Diputados para hablar de los casos de presunta corrupción y de las sentencias de Ábalos, García y Aldama. Una intervención del presidente que resultó más que preocupante porque sólo hizo de opositor a la oposición, y un ejercicio del “y tú más”, todo un síntoma de descomposición. Sentí vergüenza ajena, lo confieso.
La guinda vendría al día siguiente, el Congreso y Senado, aunque de forma no vinculante, votaron por mayoría absoluta una iniciativa para que Sánchez dimitiera, convocase elecciones o se sometiera a una cuestión de confianza, la respuesta: risas, yo diría burlonas, y aplausos o eso es lo que se vio por televisión. La consigna debe ser que nadie se olvide de aplaudir porque la discrepancia es disidencia. Y mientras, el pueblo al que representan los diputados queda en un mero instrumento de las ansias de poder y para cobrar una nómina cada mes. Al final las dos votaciones después de una semana no han surtido ningún efecto.
Cabe preguntarse ¿de qué sirve el Congreso de los Diputados? Para legislar. Resulta que sería así si tuviera el PSOE la mayoría suficiente para ello, pero ya la ha perdido, estamos inmersos en una legislatura sin presupuestos generales del Estado, no se convoca el debate del estado de la nación por miedo a que no se aprueben sus propuestas de resolución, etc. Pero hay más, las sesiones de control al Gobierno se convierten en un circo de malos modos, de intervenciones poco respetuosas con los usos y costumbres parlamentarias y el Executivo ejerce de oposición a la oposición. Después de todo ello, parece indicar que poco o nada le importa el Congreso al presidente del Gobierno, con la excepción de poder colocar alguna declaración en los medios de comunicación, este es el panorama.
Ha quedado más que claro que Pedro Sánchez gobierna de espaldas al Congreso, es decir de espaldas al pueblo, y esto ya es un problema para la reputación de la institución que encarna la soberanía popular. La presidenta del Congreso, la inquera, Francina Armengol quizás podría llamar al orden a las partes, grupos parlamentarios, para tranquilizar y elevar el nivel intelectual de las sesiones pensando en el bienestar de la ciudadanía. La duda es si se lo dejarían hacer.
Todo ello está socavando los pilares de la convivencia, la democracia está en un punto delicado y el régimen del 78 es el objetivo de este Gobierno que podría estar planteando un cambio de régimen.
De verdad, ¿no hay nadie en el partido socialista que opine diferente a lo que dice el secretario general? (El resto solo aplauden). Es sabido que todos los dirigentes de partidos prefieren travesías plácidas a que haya discrepancias en su formación. Pero un presidente rodeado cada día más por presuntos casos de corrupción con algunas sentencias condenatorias, perdida de la mayoría parlamentaria, un presidente que no puede salir a la calle sin que sea insultado, ministros que critican al poder judicial son motivos suficientes para que los españoles puedan opinar en las urnas. Lo visto en estos días pasados es decepcionante.





