AENA y el caótico aeropuerto de Palma

La llegada a Palma por vía aérea no puede causar al recién aterrizado mayor cansancio físico ni peor impresión personal. El aeropuerto de Son Sant Joan, tercero en volumen de España y ubicado en una de las principales capitales turísticas del Mediterráneo, resulta ser el más incómodo, desconcertante, caótico y agotador que uno recuerda haber conocido, obligando a sus usuarios -incluidas personas de avanzada edad, cargadas con equipajes voluminosos- a realizar enormes trayectos con una extraña distribución de los flujos de personas, solo explicable para satisfacer las ansias comerciales de la insaciable empresa pública AENA.

Teniendo en cuenta lo faraónico de nuestro complejo aeroportuario, cuando cualquiera llega en avión a Palma sufre interminables desplazamientos interiores que le hacen recorrer distancias absurdas. Primero es dirigido hacia el centro por las salidas de las terminales laterales (cuatro en forma de aspa). Luego es redirigido hacia los extremos del edificio central para poder bajar a la planta de salida. Si tiene equipaje facturado, es otra vez reconducido hacia la parte central del edificio para acceder a las cintas de recogida. Y, después de ese larguísimo paseo de ida y vuelta, aún tiene que salir al exterior, que se encuentra a considerable distancia.

Cumplimentados tres maratones en acordeón para un lado y su contrario, eso sí, en plantas diferentes y sorteando mostradores comerciales, si tiene suerte y se encuentra en plenitud de facultades físicas el atribulado viajero (que creía comenzar unas plácidas vacaciones) podrá abandonar el aeropuerto al cabo de un mínimo de media hora de caminata agotadora y aguda concentración mental, para conseguir no extraviarse. 

¿Qué mente perversa ha diseñado semejante laberinto? Qué decir de las molestias adicionales de sus obras permanentes, la desconcertante llegada en coche para cualquier conductor, la confusión que genera la actual distribución de plantas en el edificio de aparcamientos, los estrechos embudos de las salidas y el eslalon a recorrer -con subidas y bajadas de plantas- por gente cargada con equipajes. A ello hay que añadir infinidad de obstáculos móviles, marcas viales incomprensibles, conos y señales colocados a boleo, continuados desvíos del tránsito y los peatones, dispensadores de tickets inoperativos, escaleras mecánicas estropeadas y una sensación constante de fealdad, suciedad y desorden, además de esas goteras como cataratas de Iguazú que se producen los días de lluvia.  

¿Por qué nos condena AENA a soportar este engendro? ¿Es por el diseño inicial, elaborado por Pere Nicolau en tiempos de su amigo Felipe González, que ya parecía obsoleto antes de nacer? Cuando en todo el mundo se imponían los aeropuertos con satélites, aquí lo construimos con una dispersión enorme de sus puertas de embarque. ¿Por qué la reforma actual obliga a recorrer aún mayores distancias? 

Nadie piensa en la imagen, la salud o el confort de sus usuarios. Solo interesa pasear al viajero entre el mayor número posible de tiendas, aunque acabe cabreado, aburrido o agotado. En Palma subimos o bajamos de los aviones en mitad de un deslavazado y caótico centro comercial.

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