Las urgencias hospitalarias, espejo de un sistema sanitario desbordado

En nuestro entorno, el debate sobre el “mal uso” de las urgencias lleva décadas. Las intervenciones centradas solo en la demanda —educación sanitaria, triaje telefónico, copagos o barreras administrativas— han mostrado resultados limitados o inconsistentes. La ampliación de puntos de atención continuada tampoco ha aliviado la presión hospitalaria. La demanda no desaparece, se redistribuye y, en muchos casos, crece.

La evidencia indica que no se trata de una decisión individual de los pacientes, sino de falta de adecuación de la arquitectura sanitaria. Cuando la atención primaria está saturada, con agendas colapsadas y dificultades reales de acceso rápido, y cuando la coordinación entre niveles es lenta y burocrática, las urgencias se convierten en la única puerta siempre abierta. Las visitas “inadecuadas” son, en buena medida, el espejo de cómo hemos organizado —o desorganizado— la respuesta del sistema ante la necesidad humana más básica, la de ser atendido cuando duele, cuando asusta o cuando no se puede esperar.

La paradoja de la “inadecuación”. Uno de los hallazgos más incómodos es cómo se etiqueta una visita como “inadecuada”. Casi siempre se hace de forma retrospectiva, al alta, cuando el médico concluye que el problema no justificaba la atención hospitalaria. Los porcentajes son elevados, muy elevados. Superan el 70%.

Sin embargo, surge una contradicción evidente. El mismo profesional que solicita múltiples pruebas para descartar patologías graves califica la consulta, a posteriori, si los resultados son normales, como innecesaria. El paciente razona, con lógica aplastante, que si el médico necesitó todas esas pruebas para determinar que no debía haber ido, hizo bien en acudir. Esta dinámica retroalimenta el problema. Cada prueba innecesaria refuerza la percepción ciudadana de que las urgencias son el lugar donde “de verdad se resuelven las cosas”.

La respuesta a ¿por qué siguen saturándose los servicios de urgencias con problemas de baja complejidad?, según un estudio internacional reciente, no reside principalmente en el comportamiento de los pacientes, sino en un modelo asistencial que falla a la hora de responder a la inmediatez y la incertidumbre.

Family Practice (Chao et al., 2025), analiza 44 estudios de 21 países realizados entre 2004 y 2024. Sus conclusiones son claras. Los motivos que llevan a los ciudadanos a acudir a los servicios de urgencias hospitalarios por dolencias que podrían manejarse en atención primaria son sorprendentemente estables en el tiempo y en sistemas sanitarios muy distintos. Ni la pandemia ni el auge de la telemedicina han alterado sustancialmente este patrón.

Los pacientes acuden a urgencias por razones racionales y comprensibles. El estudio identifica cinco grandes categorías de factores. Las racionales: accesibilidad y conveniencia; los SUH ofrecen atención 24 horas al día, sin cita previa y con acceso rápido a pruebas diagnósticas (analíticas, radiografías, ECG). Percepción subjetiva de urgencia y ansiedad; un dolor o síntoma que aparece de noche o en fin de semana genera temor, aunque objetivamente no sea grave. Incertidumbre: muchos desconocen si su problema es “suficientemente serio” o qué alternativas tienen. Los comprensibles: consejo de terceros, como familiares, amigos o desde la propia oficina de farmacia recomiendan ir al hospital. Por último, experiencias previas para quien ha recibido atención rápida y resolutiva tiende a repetir.

¿Qué hay que cambiar? Reducir la presión sobre los servicios de urgencias hospitalarios exige una visión más profunda. Es necesario reforzar la accesibilidad real y la capacidad diagnóstica de la atención primaria, mejorar la continuidad asistencial, agilizar la coordinación entre niveles y repensar el papel de los hospitales en la atención a problemas de baja complejidad. Asimismo, se debe ser más riguroso en el uso de pruebas diagnósticas en urgencias para evitar que actúen como imán involuntario.

Mientras sigamos enfocándonos solo en “pacientes irresponsables” en lugar de abordar el problema como un síntoma de un modelo que no responde a las expectativas razonables de la población, las salas de urgencias seguirán saturadas y los profesionales exhaustos.

La pregunta clave no es “¿por qué la gente va a urgencias?”, sino “¿qué tenemos que cambiar en el sistema para que acudir a urgencias deje de ser, en tantos casos, la decisión más sensata?”. Esa es la verdadera urgencia sanitaria.

Suscríbase aquí gratis a nuestro boletín diario. Síganos en X, Facebook, Instagram y TikTok.
Toda la actualidad de Mallorca en mallorcadiario.com.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más Noticias