Es bastante molesto que el primer capítulo de Anatomía de un instante intente mostrar a Adolfo Suárez como un arribista, un mero oportunista empeñado en ser presidente a toda costa. Tal vez por eso lo presenta como un «vendedor de neveras» que va trepando por la jerarquía franquista, desde el gobierno civil de Segovia hasta Televisión Española (la costumbre de colocar a un apparatchik al frente de la televisión pública se mantiene en nuestros días) pasando por procurador en Cortes. Se empeña, además, en intercalar una escena en la que levanta el brazo y grita «arriba España», tal vez para que pensemos que es un chaquetero. E incluso intenta relativizar su valor el 23-F diciendo que era su ocasión para encontrar una foto para la posteridad, aunque es improbable que el guionista, o cualquier otro, tuviera la sangre fría suficiente para pensar en fotos si tuviera unas metralletas disparando a centímetros de su cara.
Tal vez por las mismas razones, el capítulo 2 se empeña en presentar a Santiago Carrillo como un verdadero artífice de la Transición, y reduce a las víctimas de las masacres de Paracuellos a «fascistas y militares sublevados». Sin duda la legalización del partido comunista (y, sobre todo, la presencia de Carrillo) molestaron a los militares, pero no fue lo que provocó el golpe de estado del 23-F, sino los asesinatos de ETA. De hecho la contenida reacción del Partido Comunista tras la matanza de Atocha (Carrillo encargó la seguridad de la manifestación a 4.000 militantes, para asegurarse de que no habría disturbios) despejó las dudas sobre la conveniencia de la legalización. Suárez, no sólo tenía un sincero convencimiento en el pluralismo, sino que entendía perfectamente la represión que la ilegalización habría exigido; tal vez, además, previó el resultado de las elecciones, en las que el Partido Comunista se desfondó. En cuanto a Carrillo, desaprovechó la generosidad amnésica de la democracia y transcurridas unas décadas recobró un discurso guerra civilista. Como resumió Hermann Tertsch, Zapatero le convenció de que su momento de gloria no había estado en la Transición, sino en Paracuellos.
En realidad los verdaderos protagonistas del milagro de orfebrería política de la Transición fueron el Rey (lo único relevante que nos transite la serie es que jugaba bien al billar), Suárez y Torcuato Fernández-Miranda. Éste último fue el primer candidato del Rey para ser presidente, pero le convenció de que sería más útil como presidente de las Cortes. Desde allí organizó el paso «de la ley a la ley», adosando a las Leyes Fundamentales del franquismo una última ley, la de Reforma Política, que lo desactivaba y posibilitaba su harakiri. El referéndum posterior que la ratificó (78% de participación, 94% a favor) demuestra que había una sociedad civil preparada para el cambio. En realidad (como recuerda Juan Linz) en los 70 ya se había producido cierta apertura, y las instituciones económicas y culturales de España (que no las políticas) no estaban lejos de las de Europa occidental. Dice Víctor Pérez Díaz que a mediados de los 70 «la economía de España era moderna, la décima entre las economías capitalistas, con un amplio sector industrial, un creciente sector servicios y una agricultura en rápida transformación».
Esto no quiere decir que el éxito de la Transición estuviera asegurado: pudo descarrilar en muchas de sus fases, y por eso es tan meritoria la tarea del «vendedor de lavadoras» que nos vende la propia serie. Todavía se leen con agrado sus discursos, como el que pronunció en septiembre de 1976 para defender el proyecto de ley de Reforma Política: se trataba de «elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal». Tampoco habría estado mal el reconocimiento de otros personajes secundarios que, en un segundo plano, ayudaron al desarrollo de los acontecimientos. Aparte de Gutiérrez Mellado (al que la serie sí reconoce) habría que mencionar a Tarradellas e incluso al presidente de la Conferencia Episcopal, Monseñor Tarancón, que tranquilizó a los fieles y propició la reconciliación: «Tarancón al paredón» clamaban los más reacios a deshacer el franquismo.
Es una pena que la serie ni mencione los Pactos de la Moncloa de 1977, con los que Suarez buscó el consenso con todas las fuerzas políticas surgidas tras las primeras elecciones. Algunos sostienen que, culminada la Transición, la democracia se consolidó definitivamente en 1982, momento en que la alternancia se materializó con la transferencia pacífica del poder al Partido Socialista Obrero Español. También podría decirse que se consolidó con las condenas de los golpistas: Tejero y Milans del Bosch ingresaron en la cárcel sin que se alterara la tranquilidad del país.





