Rodeada de su menguada, devaluada y desanimada parroquia de incondicionales, Francina Armengol envió su mensaje navideño a la ciudadanía de las Illes Balears augurando un próximo cambio político, que ella sitúa, cómo no, en el 2027, porque ese es el mantra que su amo le ha ordenado que repita. La desangelada fotografía de ‘familia’ que acompaña al comunicado transmite, sin embargo, soledad y lejanía. Lejanía geográfica y hasta sentimental del archipiélago que un día rigió -y que sabe que nunca jamás volverá a hacerlo- y lejanía cósmica de la realidad, porque su visión está a muchos años luz de la que perciben los ciudadanos, votantes socialistas incluidos.
Francina se sabe acabada políticamente. Ella, sanchista de segunda hora por mera supervivencia -ponerse a despachar medicinas a los cincuenta y tantos no la seducía-, que pudo haberse erigido en uno de los principales referentes de la socialdemocracia antisanchista que se comienza a manifestar -tímida, pero inexorablemente- en el seno del PSOE, es ya solo la caricatura genuflexa y servil de sí misma ante el disparate autoritario y radical en que Pedro Sánchez ha convertido un partido político esencial para el sistema democrático nacido de la Transición.
Del sanchismo, en 2027, no quedarán ni las raspas. Perdónenme la autocita, pero tengo escrito hace años que el día en que se consume la pérdida del poder por parte del exbello madrileño, sus propios compañeros -la mayor parte de los cuales mantienen aún un ominoso silencio o incluso le siguen dorando la píldora en público, aunque en privado me confiesen su estupor- se cuidarán muy mucho de triturar su memoria.
De Jordi Sevilla al alcalde de León, José Antonio Díez, pasando por la otrora vocera oficial del sanchismo, la exdirectora de El País, Soledad Gallego-Díaz y referentes territoriales como Emiliano García-Page o Juan Carlos Rodríguez-Ibarra, el ruido de sables se acentúa cada día tras las debacles experimentadas o per experimentar en Extremadura, Aragón o Andalucía, que a buen seguro se repetirán en todo el territorio español, salvo, eso sí, en comunidades donde aún reina la anormalidad alimentada por Sánchez, como Cataluña, Navarra o el País Vasco.
No puedo estar más de acuerdo con Armengol. En 2027, quizás antes, habrá un gran cambio político en España; el que le proporcionará a ella y a los que como ella han bailado el agua a Pedro Sánchez una sonora y efectiva patada en el culo.





