Así de niños como de adultos

Sigue la bulla con el asunto del I.V.A. cultural.

Recuerdo una terrible experiencia escolar en la que pudimos superar el trauma sin sicólogos ni ayudas especiales. Tal vez éramos unos niños menos cursis o teníamos más dignidad e intentábamos evitar el “tu eres tonto niño” de los padres. No sé.

Por aquel entonces estaban de moda los hamsters, ya saben esas ratitas domésticas que están todo el día comiendo pipas y llenándose los carrillos, y más de uno nos lo llevamos al cole en el bolsillo. ¿Una aberración? No menos que los móviles de hoy. ¿Un crimen ecológico? Ya les he dicho que no éramos tan cursis. Es más, fuimos unos adelantados en la aceptación de Genero, nos importaba un bledo si eran macho o hembra y tampoco lo preguntábamos.

La cuestión es que ante lo imparable de la Fiebre Hamster, el tutor propuso tener una jaula en clase y que la cuidásemos entre todos. Uno debía encargarse de cambiar de vez en cuando la arena que apestaba , otro del agua, otro de las pipas, otro de la lechuga. En tunos rotativos. Lo que hoy se llama un ejercicio de responsabilidad colectiva.

Aquello acabo como se imaginarán en drama. Un día metimos a otro hamster ya que nos imaginábamos que serían como Pixie y Dixie, las ardillas de Disney, ignorando  ya que no discriminábamos, que en realidad se llamaban Ramón y Virtudes. También fuimos unos adelantados en educación sexual: A las cuatro semanas teníamos la primera camada de doce ratitas, y esperanzados pensábamos que en un par de meses habrían hamsters para todos. A las cinco semanas y con ocho añitos tuvimos una inmersión agresiva y prematura en la filosofía de Hobbes y aprendimos aquello del hombre es un lobo para el hombre, ya que uno de los dos se comió a las crías, nos dio  igual si fue una cuestión de violencia vicaria o de filicidio . Mi colegio era religioso por lo que el destino sobrenatural de las crías no nos preocupaba: «Habrán ido al limbo de los hamsters, como los no bautizados» pensamos reconfortados.

Aquella masacre caníbal continuó dos o tres meses más. El tutor nos censuró las explicaciones reales del porque los hamsters se comen a sus crías: instinto de supervivencia, el estrés, la falta de nutrientes o el peligro en el entorno. Como les decía mi colegio era del Opus, y vivíamos en una feliz Arcadia ajenos a las realidades que el mundo nos depararía como adultos. Así que finalmente se limitó a preguntar “¿quién tenía que dar de comer a los hamsters?”. Jaime Massot era el responsable aquella semana de alimentarlos. y como era un chivato dijo: "Jorge Llopis no ha traído las pipas". (Mentira, se las había comido él). No sé qué habrá sido de adulto del hijoputa de Massot. Un par de cursos después se cambió al Liceo Francés de Barcelona.

Con los años viví experiencias similares. Durante mi servicio militar, un suboficial rastrero me delató porque no había gasolina en el vespino auxiliar de servicio que llevábamos a bordo “El cabo primero Llopis no le ha puesto gasolina”, cuando había dos bidones de mezcla. Y luego en diferentes trabajos donde la excusa que empleaba una trepa, era que mi impresora siempre estaba ocupada. “¿Has pensado porque mi impresora no deja de imprimir documentos? Hija de la gran puta”, le dije finalmente un día a aquella vaga de manual, en aquellos tiempos felices del políticamente incorrecto y cuando nos tratábamos por igual entre hombres y mujeres.

Ya ven que los ilusionistas de la culpa que se quitan de encima sus responsabilidades acusando al compañero, forman parte de nuestras vidas.

Por tanto no es de extrañar que el Ministerio de Cultura no dude en acusar al Ministerio de Hacienda de no poder rebajar el I.V.A. cultural.

Es posible que Massot cuando se cambió al Liceo Francés, hiciera amistades con gran proyección de futuro.

De lo que se mama se cría.

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