En un momento de profunda tensión económica y social en Baleares, marcado por los desafíos estructurales de nuestra región —desde la dependencia extrema del turismo hasta la escasez de mano de obra cualificada y una política de vivienda descompensada— surge una iniciativa que merece ser celebrada con entusiasmo y no poca reflexión como es el programa de avales para jóvenes promovido por la Cámara de Comercio de Mallorca, que ya ha permitido a más de 600 jóvenes acceder a su primera vivienda hasta ahora.
La vivienda, especialmente para quienes se incorporan al mercado laboral, ha dejado de ser un sueño alcanzable para muchos y se ha transformado en un problema estructural que amenaza con vaciar de talento y cohesión social nuestro archipiélago. En un contexto donde los precios suben sin que los salarios acompañen, donde la burocracia y la limitada oferta de suelo dificultan las soluciones, el acceso a una casa propia se torna casi una quimera para una generación que aporta energía, creatividad y futuro económico a Mallorca.
La entidad que preside Eduardo Soriano ha decidido no esperar pasivamente a que las soluciones legislativas y políticas lleguen desde otros ámbitos. Su apuesta por avalar hipotecas para jóvenes —permitiendo financiar hasta el cien por cien de la primera vivienda y ajustando la cuota hipotecaria al equivalente de lo que pagarían actualmente en alquiler— no es sólo un alivio puntual, sino una declaración de confianza en las capacidades y expectativas de nuestra juventud.
Cuando la iniciativa pública y privada se alinean con una visión de largo plazo, pueden aportarse soluciones efectivas a problemas que parecen enquistados
Este tipo de medidas, impulsadas desde un organismo empresarial, ponen en evidencia un diagnóstico muy claro: cuando la iniciativa pública y privada se alinean con una visión de largo plazo, pueden aportarse soluciones efectivas a problemas que parecen enquistados. Porque se trata de mucho más que cifra; se trata de familias que pueden echar raíces, profesionales que pueden planificar un proyecto de vida en Mallorca, talento que no se ve obligado a emigrar. Ese efecto social, difícil de cuantificar, es tan importante como el impacto económico directo de la medida.
En todo vaso, la iniciativa no es una panacea. La Cámara de Comercio misma reconoce que la vivienda es sólo uno de los múltiples vectores que afectan a la competitividad y sostenibilidad del modelo balear, junto a la productividad, la cualificación laboral y la diversificación del tejido productivo. Pero sí es un ejemplo de responsabilidad cívica y compromiso con el futuro colectivo el hecho de apostar por que los jóvenes puedan establecerse, formar familias, emprender negocios y contribuir activamente al sistema productivo de la isla. Es una apuesta por retener talento y dotar de tejido social a las generaciones que sostendrán la economía de mañana.
Este impulso debe servir como llamada de atención a las instituciones públicas, que no pueden delegar ni eludir su responsabilidad sobre una crisis de vivienda que necesita respuestas integrales. Los avales de la Cámara son un complemento valioso, pero la solución definitiva requerirá políticas públicas ambiciosas que permitan aumentar la oferta de vivienda asequible, agilizar los procesos administrativos y favorecer la diversidad económica.




