Cabezonería

De niña, la lectura me parecía una pérdida de tiempo soberanamente soporífera. No le encontraba el sentido. Sin embargo, las estanterías del salón de mis padres, atestadas de libros y enciclopedias, ejercían una atracción extraña; intuía que allí estaban las respuestas a mis preguntas. Así empecé: saltando de tomo en tomo, imitando el ritmo del mítico programa de televisión “El tiempo es oro”. Ya en la adolescencia, pasé de la curiosidad al método. Me impuse la disciplina casi militar de elegir cualquier libro al azar y leerlo de principio a fin antes de abrir el siguiente.

Así entré en el universo de Torrente Ballester, Tolstói, Dostoyevski, Dumas, García Salve,  Delibes, Clarín  y un largo etcétera. Sería hipócrita decir que fue un idilio inmediato. No fue un placer; fue una disciplina dura, no exenta de sufrimiento, porque mi capacidad intelectual de entonces apenas rascaba la superficie literal de los textos. Si persistí en aquella quimera fue por pura cabezonería. Tenía la certeza ciega de que, tarde o temprano, tanta obstinación daría sus frutos.

Y vaya si los dio. Con los años, los personajes de aquellas ficciones se han mudado a mi propia vida. Sus pasiones, ideales, luchas y miedos se convirtieron en el espejo que me ha servido de guía, alerta y referencia en la madurez.

Esta metamorfosis personal no es una casualidad romántica, sino un fenómeno respaldado por la ciencia. La reconocida psicóloga Maja Djikic, especialista en el desarrollo de adultos de la Universidad de Toronto, afirma algo clave: «Cuando leemos ficción, se nos pide que abandonemos nuestras identidades y adoptemos mentalmente otras diferentes». Según Djikic, obsesionarnos con narrar nuestra propia historia, lejos de engrandecernos, nos estanca en la autocompasión y la negación. Nos encierra en nosotros mismos. En cambio, sumergirse en una novela actúa como un catalizador emocional que expande nuestras capacidades. Nos obliga a explorar mentes ajenas y a experimentar emociones y pensamientos que nuestra propia rigidez mental —esa que se oxida y se endurece con la edad— jamás habría permitido.

La magia ocurre desde la comodidad y la seguridad de nuestro sofá o rincón favorito. La inestabilidad emocional que nos provoca una buena trama, lejos de perturbarnos, nos vuelve flexibles ante nuevos paradigmas. Nos ayuda a transformar y desenquistar rasgos de nuestra propia personalidad.

Por eso, la verdadera transformación no se encuentra en las recetas prefabricadas de los manuales de autoayuda, con sus directrices directas, rígidas y taxativas. Es la ficción novelada la que, de manera sinuosa e indirecta, nos desarma. Nos invita a una autorreflexión silenciosa cuyas conclusiones no vienen impuestas por un gurú, sino que se asientan en nuestro carácter por la vía del convencimiento más puro: el que se descubre en la más absoluta soledad.

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