Caravaning: el tsunami que España aún no ha entendido

Adrián Andrés en un evento sobre tecnología y turismo

Ya sabéis. Autocaravanas. Campervans. “Los de las furgonetas” ¿Con qué lo asociáis? Quizás: “hippies”, “sucios”, “tacaños”. Que no dejan dinero. Que están en todas partes y causan problemas. Que si comen y duermen en sus vehículos… ¿qué aportan a un destino?

Durante mucho tiempo, esta ha sido una visión predominante en España. Y, sin embargo, el fenómeno no solo no se detiene: se acelera.

Os cuento un episodio real, de FITUR el año pasado. Yo iba con la intención de escuchar y entender la visión del sector con respecto al caravaning, para validar una serie de soluciones innovadoras. En una conversación, el tema derivó —inevitablemente— al “objeto” en sí: el vehículo vivienda. Detrás de mí, un par de profesionales de finanzas sonrieron con media mueca: “las campers no dan dinero”.

Y pensé: aquí está el núcleo del malentendido.

Porque, ¿de qué hablamos cuando hablamos de caravaning? ¿De turismo de bajo presupuesto? ¿O de una decisión de vida que, en muchos casos, empieza con una inversión similar a la de un coche premium?

Asomémonos a un concesionario: una camper nueva suele arrancar en alrededor de 60.000 €; de segunda mano, cuesta verlas por debajo de 30.000 €. Una autocaravana nueva se mueve con facilidad en el entorno de 80.000 €. Y si el cliente busca algo más prémium, la conversación sube a 120.000 € (y más). Estos números hacen ya replantearse muchos estereotipos.

Es más, veamos el impacto real de esto.

Ya hay más de 5,8 millones de vehículos vivienda en Europa. Y no para de subir. Según Mordor Intelligence, el caravaning deja ya en Europa más de 30.000 millones de € cada año. Para 2031, se espera que el sector deje más de 50.000 millones de €. No es una moda: es crecimiento sostenido. Y ese dinero no se queda solo en cámpings; se distribuye por capilaridad en el territorio: alimentación, restauración, comercio, talleres, ocio, combustible y experiencias.

En España, distintos análisis del sector sitúan el gasto medio de una autocaravana en torno a 120–150 €/día por vehículo. Aproximadamente el 65% del gasto revierte en negocios y servicios del entorno local.

Entonces, la pregunta no es si el caravaning “da dinero”. La pregunta real es: ¿estamos preparados, como ecosistema turístico, para absorber y aprovechar lo que ya está aquí?

Porque hay dos maneras de relacionarse con un tsunami: levantar muros a última hora o aprender a convivir con la nueva marea. En turismo, levantar muros suele acabar en prohibiciones genéricas, restricciones improvisadas y conflictos en la calle. Convivir, en cambio, significa reglas claras, infraestructura mínima y, sobre todo, integración.

La clave es dejar de darle la espalda al fenómeno y empezar a incluirlo: facilitar, conectar, ordenar. Eso va desde planificar áreas de estacionamiento y servicios (capacidad, rotación, higiene y convivencia), hasta conectar a los actores del territorio: ayuntamientos, comercio local, cámpings, asociaciones, hostelería, destinos y empresas de actividades.

Y aquí viene lo verdaderamente interesante: el caravaning no es solo “dónde duerme” alguien; es “qué hace” cuando llega. Si el viajero sabe dónde aparcar legalmente y qué tiene cerca, el resto fluye: piscina municipal con entrada diaria; bodega con cata; restaurante con menú de mediodía; tienda con producto fresco y local. Lo imprescindible es que sea fácil de encontrar y fácil de consumir —y ahí la información y la coordinación lo son todo.

En turismo activo, el encaje es evidente. El viajero caravaning compra experiencias cuando son claras y ejecutables en unas horas: una ruta guiada, kayak, e-bike, una visita cultural. A menudo busca un día memorable y un lugar tranquilo donde volver.

Ahora añadid el gran acelerador: los eventos.

Festivales, ferias, congresos o fiestas locales crean picos de demanda donde muchos municipios se encuentran con el mismo cuello de botella: capacidad alojativa insuficiente o demasiado tensionada. Ahí, el vehículo vivienda —propio o alquilado— funciona como cama adicional desplegable: alojamiento modular, inmediato, sin obra.

Y si, además, se habilitan zonas camper temporales bien diseñadas (señalización, control básico y coordinación con movilidad) donde pernoctar o acampar (con su permiso municipal), el destino convierte los espacios desaprovechados (parkings, parcelas de terreno, etc.) en oportunidades de agrandar las posibilidades de alojamiento prácticamente “de la nada”, activando comercio y servicios.

Si se sigue como hasta ahora, lo que tenemos son pernoctas (e incluso acampadas) sin control sobre vía pública, municipios saturados, quejas vecinales y una ocasión perdida para repartir ingresos. Con zonas de pernocta o acampada temporales (siempre con su permiso municipal), el municipio gana convivencia y activa el comercio y los servicios alrededor del evento.

El caravaning, por cierto, no es “un tipo de turista”. Es una forma de vivir y viajar con perfiles muy distintos. Desde la pareja de 50 años o más que viaja en una gran autocaravana (este es el perfil más común), al joven nómada digital en búsqueda de comunidad, conexión y espacios coworking. Desde la pareja de treintañeros con perro que buscan actividades memorables hasta aquellos que viven en sus vehículos vivienda permanentemente porque no pueden pagarse el alquiler. Por eso no estamos ante una tendencia pasajera: se parece más a un cambio cultural de hábitos, como lo fue el auge del fitness.

De aquí a 2030, el debate no debería ser si esto nos gusta o no. El debate serio es qué modelo queremos: uno basado en fricción, conflictos y prohibiciones… o uno basado en integración, normas claras, información accesible y un aprovechamiento económico distribuido.

Los que prefieran prohibir o limitar por defecto descubrirán que es como luchar contra el viento:  no lo detienes, solo te agotas.

Adrián Andrés Gaida. Fundador y CEO de Vaneoo

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