MARC GONZÁLEZ

Cariño, me das asco

Es un axioma fundamental del siglo XX y de lo que llevamos del XXI que nadie odia más a un socialista –especialmente, a un socialdemócrata europeo- que un comunista.

Pese a las apariencias, el comunismo no murió con su derrota total en Europa de 1990, solo se travistió de movimiento pseudoverde y bajo distintas siglas, como también hicieron los neofascistas que, por desgracia, proliferan en tantos países. Hoy no está bien visto militar en un partido denominado comunista o fascista, incluso están prohibidas denominaciones que rememoren al NSDAP. Pero, haberlos, haylos y continuará habiéndolos.

La II República española fue la primera víctima de los movimientos fascistas y militaristas que se alzaron contra la legalidad democrática bajo el pretexto no tan descabellado de la amenaza que se cernía sobre España de caer bajo el poder del estalinismo. Sin duda, concurrieron otras causas, pero ésta fue una de ellas. En medio, quedaron los demócratas de derecha, centro e izquierda, entre ellos los socialistas. Si a alguien le genera escepticismo o rechazo esta versión, no tiene más que examinar lo que les sucedió a las democracias del Este después de 1945. La prueba del algodón, manchado de sangre, por cierto.

Franco volvió a unir –al menos de puertas para afuera- a la izquierda española, pero la aversión y el recelo mutuos del PCE hacia el PSOE y viceversa no desapareció jamás.

El socialismo español ha intentado, desde la transición –momento en el que, incluso, renunció a todo vestigio de ortodoxia marxista-, ofrecer políticas progresistas, con mayor o menor éxito, claro, pero asumiendo sin fisuras el modelo político de la democracia occidental y de la economía de mercado. Ser progresista no significa ya denostar el emprendimiento, la búsqueda de la riqueza por medios honestos o la burguesía como clase acomodada, sino abogar por medidas sociales correctoras de las desigualdades que genera nuestro modelo, que son muchas, pero en cualquier caso infinitamente menores que las de aquellos países que eufemísticamente se denominaban y se siguen denominando democracias populares, a alguno de los cuales le compramos todo cuanto consumimos, contribuyendo a la perpetuación de la tiranía.

Pues bien, esta extraña relación del comunismo -comoquiera que se defina hoy en día- hacia la socialdemocracia occidentalizada se está manifestando, una vez más, en las negociaciones que llevan a cabo PSIB, Més y Podemos para la fijación de un programa de gobierno para nuestra comunidad.

Es sencillamente intolerable la actitud que los podemitas, parapetados tras la izquierda nacionalista, a la que utilizan y, dirigidos por la mano de hierro su caudillo, Pablo Iglesias, mantienen hacia el Partido Socialista Obrero Español y que, por desgracia, éste está consintiendo más de lo que el decoro exige. Es muy legítimo que a los bolivarianos –como a cualquier ciudadano de bien- les dé asco la corrupción que ha afectado, en mayor o menor medida, al PSOE, al PP y a casi cualquier fuerza que haya tenido responsabilidades de gobierno. Pero, precisamente, los que hoy quedan al frente de todos estos partidos maltrechos por semejante carcoma son, justamente, aquellos que resistieron a la tentación de corromperse, que dicho sea de paso, son legión en todas las fuerzas políticas democráticas, de uno u otro lado del espectro. La corrupción, como la varicela, es muy escandalosa, pero la mayoría de los miembros son inmunes a ella, aunque los hay que basan su único discurso político en hacernos creer lo contrario.

Es desleal, demagógico, rastrero y vil atribuir a todo un partido en su conjunto –y con el que, además, se precisa pactar-, el estar viciado de forma irreversible por el estigma de la corrupción. Si así piensa Iglesias, lo tiene fácil, que se oponga claramente a la conformación de un gobierno de izquierda moderada en Balears y que se atenga a las consecuencias luego en las elecciones generales.

Lo que, desde luego, no puede consentirse es que corteje al socio que necesita perentoriamente para no defraudar a tanta gente que le votó de buena fe con piropos como el de “–cariño, me das asco”.

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