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Comerse mi queso

miércoles 16 de abril de 2014, 07:03h

Una mañana llegaron al depósito de Queso Q y descubrieron que no había queso.(…)


Los ratones no se entretuvieron en analizar demasiado las cosas.


Para ellos, tanto el problema como la respuesta eran bien simples. La situación en el depósito de Queso Q había cambiado. Así pues, Fisgón y Escurridizo decidieron cambiar.(…)


Mientras Hem y Haw seguían tratando de decidir qué hacer, Fisgón y Escurridizo ya hacía tiempo que se habían puesto patas a la obra. (…)


 No pensaban en ninguna otra cosa que no fuese encontrar Queso nuevo.


No lo digo yo, lo dice Spencer Johnson en el cuento “Quien se ha llevado mi queso”.

Decía una mujer de cierta edad que, si durante la Semana Santa se reza una novena todos los días, “El Bon Jesús concede cosas que convienen”. Perfecto, con esa literalidad es imposible no ser creyente. Si se hacen realidad nuestros deseos será que Dios existe porque nos ha escuchado, y si no se conceden también existe porque nos ha protegido de un mal futuro que ignoramos.

‘Quien no se conforma es porque no quiere’ dice la sabiduría popular, y es que un tuerto siempre tiene dos opciones: lamentarse por haber perdido un ojo o agradecer que aún le quede el otro. Más allá de toda posición religiosa o espiritual, en el plano existencialista siempre es recomendable ver la parte positiva de las cosas. Si no alcanzamos nuestras pretensiones, o nuestra vida se trunca de repente, puede ser indicativo de que es mejor que pongamos nuestro punto de mira en otro interés, es decir, que nos busquemos otro queso.

Sin embargo, este modo de ver las cosas puede llevarnos a dejar de luchar por lo que queremos. Si todas las personas se amedrentaran ante la adversidad, no tendríamos buenos científicos, cooperantes ejemplares, deportistas admirables, o, simplemente, gente que consigue vivir feliz con su pareja. Por eso, no parece que la renuncia sistemática sea buena.

¿En que momento es conveniente desistir? Somos libres. Cada uno pone el punto donde quiere, aunque yo lo tengo claro: el límite a la tozudez está en el amor propio. Cuando la lucha incansable por un anhelo equivale a dejar de quererse a uno mismo, ha de saltar la voz de alarma. Yo ahí me paro. A quien no le guste, que sepa que yo no soy su mozzarella.

Y a todo ello me pregunto ¿Qué es más difícil a día de hoy, encontrar un buen amor o encontrar un buen trabajo?

Corolario: Buscar un queso nos ayuda a estar vivos. En mayúscula.
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