Hay momentos en los que una siente que se está jugando demasiado con cosas que no son cifras ni estadísticas, sino el pan de muchas familias. Yo hablo desde el comercio pequeño, desde la persiana que se levanta cada mañana, desde la incertidumbre de no saber cómo irá la semana. Y por eso digo alto y claro que el turismo de cruceros es un sector estratégico.
No estamos hablando de macroeconomía abstracta. Estamos hablando de tiendas familiares, de cafeterías de barrio, de guías turísticos autónomos, de taxistas, de dependientas y dependientes que dependen del movimiento en la calle. Cuando llegan cruceros, hay vida. Hay tránsito, hay consumo, hay actividad. En temporada baja son muy importantes, cuando otros flujos turísticos disminuyen, el crucero sostiene.
Este año la situación preocupa. Van a venir menos cruceros y, además, habrá más barcos de base y menos de tránsito. Los barcos de base apenas visitan la ciudad, porque muchos pasajeros embarcan o desembarcan y se dirigen directamente al aeropuerto o al hotel. Eso significa menos personas paseando por el centro, menos compras en el comercio local y menos impacto directo en la economía urbana. Para muchos negocios es un desastre silencioso que no sale en titulares, pero que se nota cada día en la caja.
Me cuesta entender cómo se puede decidir sobre el pan de tantas familias sin medir bien las consecuencias. A veces parece que todo se reduce a un debate político, pero para nosotros es la vida real.
Los costes no dejan de subir, alquileres, sueldos, luz, proveedores. La competencia es cada vez mayor y los márgenes más estrechos. El pequeño comercio resiste como puede, con esfuerzo y sacrificio diario. Si además se limita el crecimiento y se reduce la actividad que genera clientes, el resultado es evidente, estamos empujando a muchos negocios al cierre.
¿Es sostenible que familias que han trabajado toda la vida no puedan pagar sus nóminas o sus alquileres?
Cuando se decide sobre el número de cruceros o sobre las condiciones del sector, no se está hablando de números abstractos. Se está decidiendo sobre la facturación diaria de cientos de pequeños comercios. Se está decidiendo sobre la estabilidad de miles de hogares. Y eso merece más responsabilidad, más visión a medio plazo y, sobre todo, más sensibilidad.
Mallorca no puede enviar mensajes de inseguridad a las navieras. En el Mediterráneo hay muchos puertos esperando captar esas escalas. Si aquí dudamos, otros aprovechan. Y recuperar rutas perdidas no es tan fácil como parece.
Defender los cruceros no es apostar por un crecimiento sin límites. Es pedir una gestión equilibrada que tenga en cuenta la realidad económica de la isla y sus consecuencias. En diciembre llegaron un 64 % menos de cruceristas y en noviembre un 34 % menos. Esos descensos no son cifras aisladas, son ingresos que no entran, ventas que no se hacen y empleos que se resienten. Todo tiene consecuencias.
Este no es un debate que esté en la calle ni en el día a día. Ha sido impulsado desde el ámbito político, pero quienes acaban asumiendo el impacto son siempre los mismos, los pequeños y las familias, contar lo que quieres hacer se agradece pero no es escuchar.
No hablo desde la ideología. Hablo desde la preocupación. Desde la responsabilidad de quien ve cómo cada decisión repercute directamente en los comercios de su entorno.
Porque detrás de cada crucero que no llega, hay una caja que no se abre. Y detrás de cada caja que no se abre, hay una familia que sufre.





