Hoy hago un alto en el camino de la orientación de mis colaboraciones en MD. No quiero que corra el tiempo sin llamar la atención a los lectores sobre una cuestión trascendental: el acceso de los menores a las redes sociales. Creo que a las familias, padres y madres, se les ha de otorgar un protagonismo que, probablemente, hasta ahora ni ellas han sabido reivindicar ni ejercer. Es más, me atrevo a decir que ni siquiera han sabido percatarse del perjuicio (cf. Garcés, Niños enredados: toda ayuda es poca, DM, 12.02.26 y Martorell, ¿Un chupito?, UH, 02.26), que les podían estar causando. ¡Grave dejación de funciones!
Eso sí, como paso previo, creo que muchos padres y madres deberían liberarse de los miedos que les atenazan, de la desinformación con la que les obsequian y de las dudas sobre la veracidad de lo que leen, escuchan y hasta ven. Todo esto es consecuencia del ambiente propiciado por los irresponsables polarizadores y por la crisis del sistema político, incapaz de dar soluciones a los problemas presentes y futuros de la sociedad.
Con la idea de centrar la situación, utilizaré el lenguaje de otros: “Resulta preocupante la adicción de muchos adolescentes al uso constante del móvil, un hábito que en muchos casos termina convirtiéndose en un grave problema para su salud mental. El uso excesivo de las redes sociales puede provocar trastornos en la conducta, estrés, ansiedad y depresión, en especial entre los más jóvenes” (El Imparcial, 5.02.26:Editorial; cf. Jonathan Haidt, La generación ansiosa, Deusto, 2024). Un efecto indudable y de muy grave preocupación para las familias. Pero, por desgracia, no es el único.
“El problema, ha subrayado Abel Sánchez Triñanes, no es sólo la fragmentación de la atención que producen algunas de estas tecnologías, sino también la pérdida de conexión humana, la confianza y la empatía, que son fundamentales para motivar al niño a aprender” (Cómo la tecnología afecta al aprendizaje de los niños, en “El Mundo”, 4.02.26. Cf. Jared Cooney Horvat, The Digital Delusion, 2025. Puede encontrar en castellano una sugerente síntesis de esta aportación en Les dimos notebooks a los estudiantes y les quitamos el cerebro, en https://educaciondebate.com.ar/les-dimos-notebooks-a-los-estudiantes-y-les-quitamos-el-cerebro.html). Otra perspectiva inquietante del mismo problema, que, demasiadas veces, ha pasado desapercibido para las familias.
Por bien intencionado que pueda parecer, la proyectada prohibición de Sánchez exige dosis muy altas de prudencia, abrir un amplio e intenso debate social, ser conscientes de las inquietudes y preocupaciones de las familias así como de sus derechos y deberes, valorar los probables efectos contraproducentes y, sobre todo, tener muy presente que “la ciencia aún no ha alcanzado un consenso sobre los efectos de la tecnología en los menores” (Rigor frente a antagonismo estéril, El Mundo, 6.02.26).
Es más, si pensamos un poco más allá de la inmediatez aparente (¿quién no va a querer proteger a los menores?), advertiremos que el Estado busca situarse por encima y más allá de las familias, verdaderas protagonistas en la educación de sus hijos. ¿No se sienten, padres y madres, inducidos a marginar o liberarse de sus responsabilidades educativas? Es muy posible que muchos de ustedes deban revisar su permisividad al dotar a sus hijos de ciertas tecnologías en edades tan tempranas. Si así fuera, su responsabilidad les llevará a adaptarse de otro modo a la realidad. Pero, lo que no me parece admisible es la sustitución ni la “intromisión del Estado en la esfera de la patria potestad”. Entre otras razones, porque sería una solución ineficaz pues toda prohibición, sin más, suele provocar la diversión de burlarla.
Desde mi modesta experiencia personal, siempre he agradecido la cercanía de un acompañamiento próximo (parental), moderador de los equilibrios indispensables en los procesos de maduración personal. Estoy hablando de responsabilidad, de preocupación y atención, de paciencia y confianza, de amor y entrega a los propios hijos. ¿Qué sentido tendría la paternidad y la maternidad si la educación y maduración de los propios hijos se abandona en manos del Estado? Como
ha subrayado un Editorial de El Español (4.02.2026), “la vía de la pedagogía, el acompañamiento y el control parental es la que los expertos defienden como la única opción realista para una digitalización sana”.
Quizás “el papel del Estado debe ser obligar a las plataformas a suministrar a los progenitores mecanismos de control parental realmente efectivos, dotándoles de herramientas técnicas para decidir, de forma autónoma, qué consumen sus hijos (Ibidem).





