Cuando el futuro se financia con deuda, conviene desconfiar

Cuando empezó el ruido de la salida a bolsa de SpaceX, había demasiada euforia, demasiado dinero fácil y demasiadas promesas de futuro sin una rentabilidad clara detrás. Ahora ya no lo dice una escéptica ni una persona desconfiada. Ahora lo advierte el Banco de Pagos Internacionales, el BIS, con sede en Basilea, Suiza, una de las instituciones financieras más importantes del mundo. 

Y cuando el banco de los bancos centrales del mundo empieza a hablar de riesgo financiero ligado a la inteligencia artificial, conviene parar y escuchar. 

Durante meses nos han vendido la inteligencia artificial como la gran revolución que lo va a cambiar todo. Y seguramente lo hará. Nadie sensato puede negar que la IA puede mejorar la productividad, ahorrar tiempo, ayudar a empresas, médicos, abogados, comercios y administraciones. Pero una cosa es la tecnología y otra muy distinta es la burbuja financiera que se está construyendo alrededor. 

El BIS reconoce que la inversión en inteligencia artificial ha ayudado a sostener el crecimiento mundial, pero también advierte de varios peligros, inversiones difíciles de justificar, deuda creciente, vulnerabilidades financieras y expectativas quizá demasiado optimistas. En su propio informe habla de la sostenibilidad de las inversiones ligadas a la IA como uno de los grandes puntos de presión de la economía mundial. 

El problema no es que la inteligencia artificial sea falsa. El problema es que se está invirtiendo como si todos fueran a ganar. Como si todos los centros de datos fueran a ser rentables. Como si toda la electricidad, todos los chips, todos los servidores y toda la deuda se fueran a pagar solos gracias a una promesa mágica de productividad futura. Y eso no funciona así. 

Hay un gasto gigantesco en infraestructuras, centros de datos, energía, semiconductores, redes, servidores y contratos a largo plazo. Pero la pregunta

incómoda sigue ahí, ¿quién va a pagar todo esto y cuándo va a generar beneficios reales? 

Porque una cosa es decir que la IA será muy importante dentro de diez años, y otra muy diferente es justificar hoy valoraciones millonarias, endeudamiento masivo y expectativas imposibles. Muchas empresas están gastando a una velocidad brutal sin demostrar todavía que puedan convertir esa inversión en beneficios suficientes. 

Existe otro riesgo que se comenta poco, las operaciones cruzadas. Unas empresas invierten en otras, unas compran servicios a otras, unas financian infraestructuras que luego usan sus propios socios. Sobre el papel parece crecimiento. Pero también puede ser una red peligrosa. Si una pieza falla, el problema puede contagiarse rápidamente al resto. 

Esto ya lo hemos visto antes. Pasó con las punto com. Pasó con otros grandes booms tecnológicos. Siempre empieza igual, una tecnología real, una historia brillante, mucho dinero, mucha fe y la sensación de que esta vez será diferente. Pero casi nunca es diferente. 

Lo más preocupante es que el BIS no habla de un riesgo lejano. Habla de riesgos a corto plazo. Y eso cambia mucho las cosas. Porque no estamos hablando de una reflexión filosófica sobre el futuro de la humanidad. Estamos hablando de mercados financieros, deuda, bancos en la sombra, grandes tecnológicas, constructores de centros de datos y posibles impagos si la inversión se frena. 

Y aquí aparece la gran pregunta, ¿por qué avisa ahora el BIS? 

Puede haber dos lecturas. La primera es que ya saben que el problema es serio y quieren dejar claro que avisaron antes de que estalle. La segunda es que se esté preparando el terreno para justificar futuras ayudas públicas si algunas de estas empresas se consideran demasiado grandes para caer. 

Y esto, como mujer, ciudadana, trabajadora, ahorradora y contribuyente, me preocupa especialmente.

Porque cuando todo sube, los beneficios son privados. Pero cuando todo se cae, muchas veces la factura termina siendo pública. Nos dicen qué es innovación, qué es progreso, qué es futuro. Pero si luego hay que rescatar el desastre con dinero de todos, entonces conviene preguntarse quién ganó durante la fiesta y quién pagará cuando se apaguen las luces. 

No se trata de rechazar la inteligencia artificial. Sería absurdo. La IA está aquí y puede ser una herramienta magnífica. El problema es no confundir progreso con especulación. No todo lo que lleva la palabra “IA” vale cualquier precio. No toda empresa tecnológica merece valoraciones infinitas. No todo centro de datos será rentable. No toda promesa de productividad se convierte en dinero real. 

También hay otro asunto que nos afecta directamente, el empleo. Si la IA mejora la productividad, perfecto. Pero si se utiliza para sustituir trabajo humano sin una transición ordenada, tendremos empresas más eficientes y familias más débiles. Y una economía no vive solo de producir más. Vive de que la gente tenga ingresos, seguridad y capacidad de consumir. 

Por eso este debate no es solo de ingenieros, banqueros o inversores. También es nuestro. De las mujeres que llevan una casa, un negocio, una familia, una nómina, unos ahorros o una pequeña empresa. Porque al final, cuando los mercados se equivocan, las consecuencias bajan a la vida real. 

El aviso del BIS desde Basilea no debe tomarse como una anécdota. Es una señal. Quizá no significa que la burbuja vaya a estallar mañana. Pero sí significa que incluso quienes han sostenido durante años el sistema financiero global empiezan a reconocer que algo no cuadra. 

La inteligencia artificial puede ser una oportunidad histórica. Pero también puede convertirse en la próxima gran crisis si se usa como excusa para inflar valoraciones, endeudar empresas y vender expectativas imposibles. 

Avisé con SpaceX, me criticaron. Ahora avisa Basilea.

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