Perspectivas antropológicas y cristianas

De la inmortalidad del alma a la resurrección de la carne

Fieles sosteniendo la imagen del Cristo de la Sang en un templo
Foto: J. Fernández Ortega

A lo largo de la historia de la humanidad, en todas las grandes civilizaciones antiguas estuvo presente la idea de que la muerte no era necesariamente el final de la vida, sino una especie de transición hacia otras realidades. Esa creencia fue retomada por la filosofía occidental, que intentó fundamentar a través de la razón la posibilidad de que tal vez fuese posible la inmortalidad del alma. La aparición de la figura de Jesús y del cristianismo supuso un nuevo punto de inflexión en ese sentido, al hablarse por vez primera de la resurrección de la carne. Mucho más recientemente, el estudio científico de las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM) intenta ofrecer hoy conclusiones más o menos definitivas sobre todas esas cuestiones.

Casi cualquier momento de reflexión puede ser bueno u oportuno para intentar buscar o encontrar respuestas acerca de qué nos sucede a los seres humanos cuando fallecemos y abandonamos este mundo, pero esa indagación parece cobrar un sentido especial en Semana Santa, sobre todo para los cristianos, al conmemorar año tras año la pasión, muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.

En ese contexto religioso, quizás sería conveniente recordar aquí el Credo, que recitan los fieles católicos cada vez que acuden a misa o en determinadas celebraciones, cuando en el tramo final de esa oración afirman que creen en "la resurrección de la carne y la vida eterna". Aun así, también es cierto que la idea de una posible vida eterna existe asimismo en el islamismo y en el judaísmo, y también es verdad que esa idea ya estaba presente en las antiguas civilizaciones de Mesopotamia, Egipto, China o India, si bien con diferentes matices, pues en las culturas orientales se solía hablar mucho más de reencarnación que de resurrección.

Por otro lado, en aquellas civilizaciones no existía tampoco unanimidad a la hora de explicar a dónde iban las almas de los fallecidos, aunque en el Occidente precristiano era mayoritaria la idea de que posiblemente iban a un inframundo o a un lugar más bien poco edificante. Sólo los egipcios parecían ser algo más optimistas, al considerar que tras superar algunas pruebas era posible acabar accediendo a una especie de paraíso.

La aparición de la filosofía hace algo más de dos milenios, en concreto en torno al siglo VI antes de Cristo en Grecia, favoreció que todas esas creencias empezasen a ser tratadas desde otra perspectiva, con la ayuda de la razón y, en menor medida, de los sentidos. Así, la idea de la posible inmortalidad del alma sería defendida primero por Platón y luego, ya en la era cristiana, por la mayoría de pensadores hasta llegar a la Edad Moderna, incluidos San Agustín, Santo Tomás de Aquino, René Descartes o G. W. Leibniz, cuatro filósofos que además creían en la existencia de Dios como creador del mundo.

RELIGIÓN Y CIENCIA

Aquel paradigma empezaría a cambiar poco a poco en los siglos XVII y XVIII, primero con Isaac Newton y luego con Immanuel Kant, quienes a pesar de ser creyentes reconocían los límites de la razón para poder llegar a entender los postulados teológicos.

A partir de entonces y en especial del siglo XIX, grandes figuras científicas o filosóficas como Charles Darwin, Friedrich Nietzsche o Karl Marx cuestionarían o negarían directamente la existencia de Dios, mientras que otros egregios pensadores como Soren Kierkegaard, John Henry Newman o Miguel de Unamuno la seguirían defendiendo. Esas dos posiciones antagónicas se mantendrían vigentes a lo largo del pasado siglo, con independencia del peso cada vez más importante que iría adquiriendo la ciencia empírica en detrimento de la filosofía.

Aun así, la incógnita de nuestra posible finitud seguía siendo todavía un misterio. Fue en ese contexto en el que en el último tercio del siglo XX aparecieron los primeros estudios sobre las Experiencias Cercanas a la Muerte (ECM). El psiquiatra y filósofo norteamericano Raymond A. Moody inauguraría ese camino con su libro Vida después de la vida, que se publicaría en 1975 y que se acabaría convirtiendo en un best seller mundial. En esta obra, Moody recogía los testimonios de 150 personas que habían sufrido ECM, cuyos relatos eran en su mayoría coincidentes, tanto por lo que respectaba a las experiencias extracorpóreas que habían vivido como en lo referente a sus encuentros con entidades espirituales o con familiares fallecidos algún tiempo atrás.

Cabe recordar que las ECM suelen ser definidas como "vivencias subjetivas que experimentan algunas personas cuando están al borde de la muerte o en situaciones extremas". Esta definición, en concreto, está recogida en la página web del reconocido psicólogo Rafael Santandreu, en donde también se explica que los componentes más habituales en las ECM son las experiencias extracorpóreas, la entrada en un túnel, la revisión de la propia vida, la llegada a un espacio de paz, el reencuentro con familiares o amigos fallecidos, el encuentro con seres espirituales, la sensación de que si se traspasa una frontera ya no se regresará o la percepción de que una voz dice que se debe regresar.

NUEVA VISIÓN

En la actualidad, aún no existe unanimidad en la comunidad científica acerca de por qué se producen las ECM, si bien desde una perspectiva esencialmente neurológica o fisiológica se suelen atribuir a la falta temporal de oxígeno en el cerebro, a la liberación de endorfinas, a una actividad cerebral anormal o a fenómenos disociativos, lo que a priori parecería descartar que las ECM puedan ser solamente experiencias espirituales o místicas. Aun así, en estos momentos no existe todavía ningún estudio concluyente en un sentido o en otro.

Sí existe consenso, en cambio, en el cálculo de que alrededor del 20 por cien de las personas que han sufrido muertes clínicas temporales recuerdan luego haber tenido ECM. Además, también se acepta hoy que las ECM tienen un impacto transformador en la vida de la mayoría de personas que las experimentan, que suelen ver reducido su miedo o su temor a la muerte de una manera casi absoluta. En el libro No hagas montañas de granos de arena, Santandreu dedica varios capítulos a las ECM, llegando a la conclusión de que "desde el inicio de los tiempos, el ser humano ha tenido esta experiencia alucinante: la más impactante que existe. Algo increíble a caballo entre lo mágico y lo religioso, lo cosmológico y lo científico, lo moral y lo psicológico".

Otra persona que ha estudiado a fondo las ECM en nuestro país es el doctor Manuel Sans Segarra. En su caso, la perspectiva científica originaria que él tenía cambió por completo cuando, estando un día de guardia en el servicio de urgencias, consiguió reanimar a una paciente que había sufrido una muerte clínica tras un grave accidente de circulación. Una vez ya recuperada, dicha paciente contó al doctor cuál había sido su experiencia durante ese periodo crítico. En ese sentido, le explicó que estando en urgencias, se había visto a sí misma desde lo alto del quirófano, que había escuchado todo lo que decían los doctores que la atendían y que había atravesado las paredes y había visto lo que le estaba sucediendo a otros pacientes en esos instantes.

Gracias a ese testimonio y a otros que fue recabando de personas que también habían sufrido una muerte clínica y que igualmente se habían recuperado, el doctor Sans llegó a la conclusión de que el método científico tradicional no podía explicar completamente las ECM. Por ello, antes de formular su propia teoría habló primeramente con psiquiatras y neurólogos sobre esta cuestión. Su siguiente paso fue recurrir a los grandes filósofos del pasado y a las teorías que ellos tenían sobre la vida, la materia o la inmortalidad o no del alma. Todos esos pensadores acabaron encaminando al doctor, de algún modo, hacia el campo de la física cuántica, que se ocupa sobre todo de los fenómenos a escala atómica y subatómica.

LA SUPRACONCIENCIA

A partir de todos los datos recabados desde distintos ámbitos, la teoría que defiende el doctor Sans es que en cada ser humano existe una conciencia especial, que él denomina Supraconciencia. "La Supraconciencia va más allá de la conciencia ordinaria o normal: es un estado en el que percibes tu conexión con todo el universo y experimentas una sensación de unidad y totalidad", explica en su libro La Supraconciencia existe. Vida después de la vida, escrito en colaboración con el periodista y emprendedor Juan Carlos Cebrián. En principio, pueden acceder a esa conciencia superior no sólo las personas que han estado clínicamente muertas, sino también los místicos o quienes practican la meditación profunda.

"He comprobado que es posible llegar a contactar con la Supraconciencia y poder así controlar el ego, nuestra falsa identidad, que me gusta denominar el 'no yo', inhibiendo sus cuatro potentes armas: la ignorancia, la afección por lo material, el egoísmo y el miedo. Todo miedo es, en el fondo, miedo a la muerte", recalca en su libro el doctor Sans, quien además está plenamente convencido de los efectos negativos del ego para nuestras vidas.

Su conclusión, teniendo en cuenta los principios cuánticos, es que la Supraconciencia es "una energía sutil de alta frecuencia que persiste a pesar de la muerte clínica y tiene continuidad fuera del cerebro". Esta energía sutil, que es una conciencia no local, "justifica las vivencias que nos cuentan los pacientes tras las ECM". Por tanto, "aunque la muerte signifique el fin de nuestro cuerpo físico tal y como lo conocemos, no es el fin de nuestra existencia".

PRINCIPIO Y FIN

Esta teoría ha sido cuestionada, en cualquier caso, por algunos científicos relevantes. Un ejemplo en ese sentido sería el artículo 'Sobre la charlatanería de la mística cuántica', publicado en la revista Pensar por los profesores Celso M. Aldao y Daniel A. Mirabella, de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Aun así, también es cierto que un reconocido facultativo como el doctor Mario Alonso Puig califica el mencionado libro como "interesante, ameno y riguroso sobre las ECM".

"Nuestra auténtica esencia, nuestra conciencia no local, se libera en el momento de la muerte y se traslada a otra dimensión, a otro nivel, a otra situación energética", resume el doctor Sans en su libro. De ahí que nos pida que no temamos a la muerte. "La muerte no es el fin, sino una transformación, un paso hacia una nueva forma de existencia. En lugar de temerla, podemos verla como una parte natural e inevitable de nuestra existencia, un paso más en nuestro viaje como seres conscientes", expone, en un mensaje que si bien no es coincidente con algunos postulados de la Iglesia, como el de la resurrección de la carne, tampoco está demasiado alejado de las esperanzadoras reflexiones cristianas que podremos escuchar de nuevo en estos días de Semana Santa.

Una de esas reflexiones se encuentra en el bellísimo y conocido poema de Unamuno titulado 'La sima', en el que el autor de Del sentimiento trágico de la vida afirmará: "Tinieblas es la luz donde hay luz sola,/ mar sin fondo, sin haz y sin ribera,/ sin brisa de aire que levante en ola/ la vida, nuestra vida verdadera;/ la vida, esta esperanza que se inmola,/ y vive así, inmolándose, en espera".

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