¿Dónde estaba Dios en el terremoto?

Cuando la tierra tiembla, casi todos nos hacemos la misma pregunta: ¿Dónde está Dios?

Es una pregunta comprensible. Al ver edificios derrumbados, familias destrozadas, vidas truncadas, es difícil no sentir ese vacío y no cuestionarlo todo. Pero hay otra pregunta que quizá evitamos porque nos descoloca más: ¿Dónde estábamos nosotros antes de que la tierra temblara?

Porque los terremotos son parte de la naturaleza. Lo que muchas veces no es “natural” es la dimensión de la tragedia humana que provocan.

En Venezuela, como en tantos otros lugares, quienes más sufren vuelven a ser los de siempre: los más vulnerables. Personas que viven en casas frágiles, que construyen donde pueden —no donde deben— porque no tienen otra opción. Barrios enteros levantados sobre terrenos inseguros, sin infraestructuras adecuadas, sin controles eficaces, sin un sistema que realmente los proteja.

La naturaleza no distingue entre ricos y pobres cuando libera su fuerza. Pero las consecuencias sí. Y lo hacen de forma dolorosamente desigual.

No es casualidad que un terremoto parecido en Japón cause muchas menos víctimas. Japón no ha evitado los terremotos. Ha hecho algo más sensato: asumir que ocurren y prepararse para ello.

Ha invertido en prevención, en normas de construcción, en educación, en sistemas de alerta. Ha entendido algo básico: no siempre podemos controlar la naturaleza, pero sí podemos reducir nuestra vulnerabilidad frente a ella.

Por eso, cuando ocurre una tragedia así, no basta con hablar del mal como algo inevitable. Sí, existe el daño que viene de la naturaleza. Pero también está el que nace de nuestras decisiones, de lo que hacemos —o dejamos de hacer— como sociedad.

Cuando una familia vive en una casa insegura porque no puede permitirse otra, hay responsabilidad humana.

Cuando se permite construir en zonas peligrosas, hay responsabilidad humana.

Cuando la corrupción desvía recursos que deberían salvar vidas, hay responsabilidad humana.

Cuando aceptamos que los más pobres carguen siempre con los mayores riesgos, también hay responsabilidad humana.

Quizá Dios no está en el origen del terremoto. Quizá está en esa pregunta más fuerte que queda después: ¿por qué seguimos construyendo un mundo donde los golpes siempre caen sobre los mismos?

El Evangelio no da respuestas fáciles al sufrimiento. Pero sí deja un criterio claro: lo que hacemos por los más pequeños, lo estamos haciendo por todos. Y lo que hemos visto es gente ayudando a gente. Pero a sus políticos responsables.

Después de cada desastre hablamos de solidaridad. Y es importante. Pero la solidaridad llega tarde. La justicia debería haber llegado antes.

Porque muchas de las personas que hoy lloramos no murieron solo por el movimiento de la tierra, sino también por años de desigualdad, abandono y decisiones que pudieron haberse tomado de otra manera.

Y eso obliga a mirar más allá del propio desastre.

La pregunta ya no es solo «¿dónde está Dios en el terremoto?», sino también «¿dónde estábamos nosotros antes de que ocurriera?»

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