La graduación de un hijo es siempre un día de emociones a flor de piel, es el primer escalón importante en el proceso de acompañamiento que implica ser y ejercer como padre o madre. Para algunos padres ese momento tiene un significado todavía más profundo. Es la culminación de un camino marcado por la firme convicción de querer huir de centros en los que el adoctrinamiento prevalece sobre la educación. Ver a tus hijos orgullosos de su diploma y de las siglas de sus colegios es la confirmación de que proteger su libertad frente a los sesgos ideológicos siempre vale la pena.
Quienes defendemos la educación libre no hablamos desde la teoría, sino desde la experiencia vivida en primera persona; bien como alumno, absorbiendo y repitiendo como un loro conceptos y teorías que hacías ver que dabas por válidas, memorizando de manuales ideologizados, o bien como padre o madre. Me resulta imposible olvidar los días en que los colegios públicos se paralizaron por motivos políticos como ocurrió con la conflictiva huelga del Tratamiento Integrado de Lenguas (TIL). Las soluciones rocambolescas que nos llegaron a proponer a los padres para conseguir datos que permitieran inflar artificialmente el porcentaje de seguimiento del paro en el centro, daban argumentos suficientes para presentar escrito ante instancias superiores. En aquellas fechas, algunos padres nos vimos obligados a entregar a nuestros hijos como paquetes de Amazon al prohibirnos la entrada en los centros. Los mismos profesores encargados de la educación y el cuidado de nuestros hijos nos hicieron sentir culpables si decidíamos, por la razón que fuera, no secundar su causa política. Esa misma presión ideológica se trasladaba a las aulas donde la igualdad se conseguía igualando desde abajo provocando el hastío y estancamiento de muchos alumnos.
Entendemos que familia y colegio son la base para un pensamiento crítico libre, puro y sin sesgos ideológicos. Solo desde la neutralidad la persona puede realizarse con dignidad, forjando su propio criterio y valores para argumentar su posicionamiento ante la vida. La escuela no tiene que ser la mano que maneja el títere. No tiene que crear y potenciar miembros dóciles de un rebaño. Su función es impulsar espíritus libres y sin ataduras enseñados en cómo pensar, jamás en qué pensar.
Esa búsqueda de la excelencia y libertad nos llevó a centros docentes con experiencia de siglos como Sagrado Corazón y Nuestra Señora de Montisión. Asistir a la graduación de mis hijos y ver en sus caras un orgullo de pertenencia vibrante y real ha supuesto para nosotros, los padres, la contestación definitiva de que cogimos el camino correcto. Hoy, al verlos listos para el mundo, sé que están preparados para ser dueños de su propio destino.


