Alguno dirá que esta columna llega demasiado pronto. Que todavía queda un partido. Que mientras haya vida, hay esperanza. Que el fútbol ha demostrado demasiadas veces que lo imposible existe. Puede que tengan razón. Pero eso se lo dejo a otros. Creo que, después de la temporada que ha firmado mi Mallorca, uno ya ha aprendido a distinguir entre la fe y el autoengaño.
Por eso escribo hoy. Antes de que supuestamente Moisés separe las aguas el sábado a las nueve de la noche.
Como abonado y seguidor desde que tenía tres años, creo que me he ganado el derecho a decir lo que pienso del actual Real Club Deportivo Mallorca. O del Mallorca Experience, como algunos llevamos tiempo llamándolo con esa mezcla de resignación y sarcasmo que solo entiende quien lleva demasiadas temporadas dejándose tiempo, dinero y salud mental en Son Moix.
No voy a caer en la nostalgia fácil ni en la comparación con otras épocas porque no hace falta. El problema del Mallorca no es no parecerse al de antes. El problema es no parecerse ni siquiera a un club con una idea clara de lo que quiere ser. Por eso, antes del posible milagro, me apetece pasar facturas. Porque esto no va solo de perder. Va de cómo se pierde. Y de todo lo que ha llevado al equipo hasta aquí.
La primera factura es para una dirección que lleva demasiado tiempo transmitiendo una sensación preocupante: la de un club sin rumbo claro y sin una figura de autoridad real al mando. En su momento se decidió poner al frente de una institución centenaria a un perfil eminentemente empresarial que venía del sector de los electrodomésticos. Nada que objetar si luego alrededor construyes una estructura deportiva sólida. El problema es cuando da la sensación de que el negocio va por un lado y el fútbol por otro.
Porque un CEO no necesita saber diseñar un sistema táctico ni decidir si juegas con doble pivote o defensa de cinco. Pero sí debe saber gestionar crisis, mandar mensajes, imponer jerarquía y transmitir liderazgo cuando el club se tambalea. Y este Mallorca ha dado demasiadas veces la imagen de no tener a nadie al timón.
Mientras el vestuario parecía fracturado y el equipo se desmoronaba deportiva e internamente, la sensación desde fuera era la de una dirección más cómoda en el plano institucional que en el incendio real del día a día. Y eso, en un club de fútbol, se paga.
La segunda factura va para una dirección deportiva que lleva demasiado tiempo llegando tarde a todo. Porque si hay algo que desespera en este Mallorca no es solo equivocarse, sino la sensación de improvisación permanente. Llegar tarde a reforzar posiciones evidentes. Llegar tarde a las salidas. Llegar tarde a detectar problemas internos. Llegar tarde incluso a asumir que el equipo llevaba meses caminando hacia el abismo.
Con un equipo virtualmente salvado hace año y medio, había margen para planificar, corregir y construir. Lo que ha ocurrido ha sido exactamente lo contrario. Una plantilla corta, mal equilibrada y sostenida muchas veces más por inercia que por verdadera planificación deportiva. Y cuando llegaron las urgencias, las decisiones tampoco mejoraron el panorama.
Lo más preocupante no es haber cometido errores. Todos los clubes los cometen. Lo preocupante es la sensación de agotamiento que transmite una dirección deportiva superada por cualquier contratiempo, sin capacidad de anticipación y reaccionando siempre cuando el problema ya está encima.
El caso del entrenador merece su propia factura. Y aquí lo digo con honestidad: yo nunca compré del todo esta apuesta. No porque no pueda tener buenas ideas ni porque no tenga recorrido en el fútbol, sino porque cuando estás en mitad del barro necesitas algo más que una propuesta atractiva. Necesitas experiencia, peso y capacidad para manejar vestuarios complicados.
Es verdad que ha tenido aciertos. Encontrar cierta estabilidad en la medular fue uno de ellos. En algunos momentos pareció detectar soluciones que el equipo necesitaba con urgencia. Pero también ha dejado decisiones difíciles de entender y una gestión humana que invita a muchas preguntas.
Porque un entrenador puede ser exigente. Puede ser duro. Incluso señalar errores. Pero otra cosa es ir quemando jugadores cuando la plantilla ya es corta de por sí. Lo de David López, por ejemplo, duele especialmente. Porque si alguien debería entender lo que necesita un central joven es precisamente alguien que ha jugado ahí. A los jóvenes se les corrige, sí. Pero también se les protege, se les levanta y se les convence de que pueden ser importantes. Porque David no es solo un futbolista más. Es uno de los nuestros y probablemente parte del futuro del club. Sus lágrimas son las nuestras.
Y luego está la factura más dolorosa de todas: la plantilla.
Porque los directivos cambian. Los entrenadores van y vienen. Pero el aficionado mira a los ojos al futbolista. Y este equipo ha transmitido demasiadas veces una mezcla insoportable de apatía, desconexión y conformismo.
Lo de Levante fue simplemente el retrato final. La fotografía perfecta de una temporada emocionalmente vacía. Porque perder entra dentro del juego. Lo que no entra es perder sin alma.
Los 500 aficionados desplazados merecían muchas cosas. Incluso una derrota si el rival era mejor. Lo que no merecían era sentir que a su equipo le daba exactamente igual.
Y aquí es donde más duele todo. Porque uno ve lágrimas en algunos canteranos o en jugadores que sí entienden lo que significa este escudo y todavía conserva algo de esperanza. Pero también ha habido demasiados episodios que invitan a pensar que algunos llevan tiempo con el estómago demasiado lleno. Como si vestir esta camiseta fuera una consecuencia natural y no un privilegio.
La sensación, en demasiados momentos, ha sido la de un grupo con más poder del que debería tener y menos hambre de la que exige la situación. Y eso es peligrosísimo en cualquier club. Más aún en uno como el Mallorca, donde nadie debería confundirse: aquí se viene a competir, no a sentirse intocable.
Dicho todo esto, el sábado estaré en mi sitio. Animando. Gritando. Convenciéndome de que sí, aunque una parte de mí piense exactamente lo contrario. Porque ser del Mallorca consiste precisamente en eso. En seguir creyendo cuando todo invita a dejar de hacerlo.
Pero termine como termine esto, Kohlberg tiene una obligación. No maquillaje. No parches. No medias tintas. Limpieza. Porque lo peor de una mala temporada no sería bajar a Segunda. Lo peor sería no aprender absolutamente nada. Y eso sí que sería imperdonable.



