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El descenso del Mallorca: una duda y una certeza

sábado 18 de julio de 2020, 06:00h

Sobre la temporada del Real Mallorca en Primera División, que lamentablemente ha culminado con el descenso del conjunto balear, planean una certeza y una duda. La certeza es que el reingreso en la máxima categoría del fútbol español tras seis años de ausencia pilló absolutamente de sorpresa a la propiedad. No se lo esperaban, en absoluto. Y la prueba más evidente es que cuando, al fin, se produjo el ascenso tras ese inolvidable playoff frente al Deportivo, resultó que los actuales dueños del club, de la mano del entonces principal responsable ejecutivo, Maheta Molango, ya habían firmado un buen ramillete de futbolistas... pero para jugar en Segunda División.

Esa es la certeza. La duda resulta más compleja: ¿realmente le apetecía a la propiedad del Real Mallorca ascender a la Liga Santander tras apenas una temporada en la División de Plata? ¿O, tal vez, la hoja de ruta de Robert Sarver y su entorno pasaba más bien por prolongar la estancia del equipo en Segunda para preparar una vuelta a Primera en mejores condiciones, con más mimbres, con mayor sostenibilidad financiera y, en definitiva, con mejores posibilidades para que la estancia del Real Mallorca en la élite no fuese una experincia pasajera sino duradera?

Si tal fuera el planteamiento de Sarver (ni él ni sus allegados lo confirmarán ni lo desmentirán, porque poco o nada acostumbran a comunicar acerca de los objetivos y las expectativas del proyecto que encabezan), pondrían en evidencia que los conocimientos de la actual propiedad en torno a la lógica sobre la que se asietan los resortes del fútbol profesional son claramente deficitarios. Si existe una máxima en fútbol, especialmente cuando nos situamos al más alto nivel, es que se trata de una competición caprichosa, azarosa, imprevisible, en la que resulta absolutamente imprescindible no perder el tren cuando pasa por la estación, entre otras razones porque, por muchas planificaciones que se realicen a futuro, nunca se sabe en qué momento volverá a aparecer la oportunidad de subirse al vagón.

Hace ahora un año, el Real Mallorca regresaba a Primera División tras una meteórica carrera que en tan solo dos temporadas le rescató de las cenizas de Segunda B para entrar por la puerta grande en el grupo de los 'elegidos'. Este éxito deportivo indiscutible lleva los nombres y apellidos de Vicente Moreno, cuya incorporación, en el verano de 2017, constituyó, posiblemente, la mejor decisión de todas las que adoptó Maheta Molango durante su etapa al frente del club. Moreno supo construir un bloque sólido, comprometido, y plenamente capacitado para abordar el reto de regresar al fútbol profesional al siguiente año. Así fue, en efecto, y, además, por la puerta grande.

Ya en Segunda A, el rendimiento del equipo superó los límites que la propiedad había trazado. Dando por sentado que las palabras de Molango eran también las de Sarver, la meta era "competir". Es decir, salvar la categoría, sin demasiados contratiempos, pero dejando para más adelante expectativas más ambiciosas. Sin embargo, cuando nadie lo esperaba, la plantilla se coló de rondón en el playoff de ascenso, y, ante la sorpresa general, y el asombro de los dueños del Mallorca, logró el pasaporte a Primera División cuando Molango, junto a su más directo colaborador, Javier Recio, ya habían planificado la temporada siguiente pensando en la continuidad en la categoría de plata.

A partir de este punto, la incapacidad de los rectores del club para reaccionar ante los nuevos acontecimientos fue manifiesta. Los fichajes que la dirección deportiva iba cerrando de forma compulsiva no eran del agrado del cuerpo técnico, y así lo dejó claro Vicente Moreno durante la pretemporada y, sobre todo, en el transcurso de la campaña. De hecho, el armazón de Segunda B (Raíllo, Reina, Lago Junior, Salva Sevilla) ha seguido acaparando un protagonismo evidente en Primera División, y ello por una razón muy simple: porque, a juicio de Moreno, los refuerzos no superaban, en la mayor parte de los casos, la calidad de quienes ya formaban parte del vestuario.

No en vano, muy pocas de estas incorporaciones han contado con minutos en la máxima categoría. Con la cesión de Kubo se dio en la diana, eso hay que reconocerlo, y también 'Cucho' Hernández ha acabado firmando actuaciones destacables, pero la lista de decepciones supera claramente la de satisfacciones: Sedlar, Trajkovski, Salibur, Álex Alegría, Baba Rahman, Chavarría... Excelentes fichajes, seguramente, para Segunda División, pero con escasas posibilidades de ofrecer un rendimiento apetecible en Primera.

Con esta artillería, y con la base de Segunda B, Moreno ha debido competir ante FC Barcelona, Real Madrid, Atlético de Madrid y el resto de gigantes de la competición, y, pese a los pobres resultados, especialmente fuera de casa (cinco puntos a domicilio en toda la temporada es un balance paupérrimo), el Mallorca, haciendo nuestras las palabras del ya exconsejero delegado, Maheta Molango, ha competido.

En este sentido, la afición puede sentirse orgullosa de unos jugadores y un cuerpo técnico honestos y comprometidos que, como era previsible, no han podido obrar un milagro por segundo año consecutivo. Porque también el ascenso fue un milagro, no lo olvidemos. La cuestión es si fue un milagro deseado, o bien un éxito inesperado que llegó a destiempo y que no se ha sabido gestionar adecuadamente. Eso, como mínimo.


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