El desalojo definitivo de la antigua prisión de Palma pone fin a una situación que jamás debió prolongarse durante tanto tiempo. Tras casi dos décadas de abandono, degradación y okupación irregular, el viejo recinto penitenciario deja atrás una etapa marcada por la desidia institucional y por unas condiciones de vida impropias de una sociedad avanzada.
La imagen de decenas de personas residiendo entre muros en ruinas, instalaciones deterioradas y evidentes riesgos para su integridad física era incompatible con cualquier criterio elemental de seguridad. Los incendios registrados a lo largo de los años, casi uno por semana, el progresivo deterioro de las edificaciones y la ausencia de unas mínimas condiciones de habitabilidad habían convertido el lugar en una auténtica trampa. La intervención judicial y el posterior desalojo no eran ya una opción política, sino una obligación moral y legal.
Las sucesivas administraciones de izquierdas contemplaron entre 2015 y 2023 cómo el deterioro avanzaba sin adoptar medidas eficaces para recuperar un espacio de enorme valor estratégico para la ciudad
La vieja cárcel dejó de cumplir su función penitenciaria hace casi veinte años, cuando la actividad se trasladó al nuevo centro penitenciario de Palma. Desde entonces, el recinto se convirtió en símbolo de una incapacidad política para resolver un problema que se agravaba año tras año. Las sucesivas administraciones de izquierdas contemplaron entre 2015 y 2023 cómo el deterioro avanzaba sin adoptar medidas eficaces para recuperar un espacio de enorme valor estratégico para la ciudad.
Ahora se abre una nueva etapa. Y esa etapa exige celeridad. El Ayuntamiento de Palma, propietario de los terrenos, no puede permitirse que el recinto permanezca durante más años atrapado en la incertidumbre burocrática. Los vecinos de Palma llevan demasiado tiempo esperando una solución definitiva para uno de los grandes espacios infrautilizados de la capital balear.
Es el momento de acelerar los trámites urbanísticos, definir con claridad los usos futuros y abrir un proceso de transformación que convierta este enclave en un equipamiento útil para la ciudadanía. Palma necesita con urgencia suelo para construir vivienda, algo que debe hacerse en la vieja cárcel.
La ciudad ha cerrado por fin un capítulo oscuro de abandono. Ahora corresponde escribir el siguiente. Y esta vez no debería hacerse esperar otros veinte años.



