El diferente sexo de las administraciones públicas

Naturalmente las administraciones públicas no tienen sexo, aunque están integradas por personas que sí lo tienen. En este sentido resulta llamativo el reparto de sexos entre administraciones, –que sin ningún género de dudas no responde a una política pública explícita, ni figura en ningún real decreto–, pues muestra una coreografía notablemente precisa, casi diseñada. En este sentido, es curioso observar como los datos evidencian que cada uno de los tres diferentes niveles administrativos (central, autonómico y municipal) se inclinan por contar, mayoritariamente, con personal de diferente sexo.

La administración central, que es con diferencia la menos numerosa (unos 530.000 que sólo representan el 18,9% del total de empleados públicos), es mayoritariamente masculina. El 68,9% de sus efectivos son varones. Probablemente esto sea debido a que, aquí, se encuadran las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, en los cuales la presencia femenina, aunque existe y se hacen grandes esfuerzos para incrementarla, ésta es franca minoritaria.

Esta administración, a pesar de los incrementos de personal de la época de Sánchez, está en retroceso, pues, si lo miramos con más perspectiva, en el año 2.000 contaba con algo más de 750 mil funcionarios, lo cual significa que durante lo que llevamos de siglo ha perdido aproximadamente un tercio de su nómina.

Por su parte, la administración autonómica que es, con diferencia, la más abultada al contar con cerca de dos millones de trabajadores (lo que supone el 60% del total), está claramente inclinada por sexo femenino. Las mujeres representan el 67,8% de sus recursos humanos. De esta forma los hombres están notablemente sub-representados, pues su presencia se reduce a tan sólo un 32,2%. Una vez más, este fenómeno se puede deber a que entre sus competencias se encuadra la educación y la sanidad, sectores desproporcionadamente feminizados. En el sector sanitario las mujeres representan el 75,3%, mientras que en el educativo (no universitario) mantienen un destacado 71,1%. 

Como es fácilmente imaginable se trata del nivel administrativo más expansivo, pues tan sólo en los años de Sánchez como presidente ha pasado del millón trescientos mil de 2018 al millón novecientos mil actuales. Es decir, se ha incrementado en torno a los 610.000 efectivos. Además, lo ha hecho a un ritmo acelerado, es decir, su velocidad de crecimiento se incrementa tras la pandemia.

Por último, tenemos a las administraciones locales, – tal vez el nivel que mejor representa al conjunto de la sociedad–, que muestran un equilibrio casi perfecto entre mujeres y hombres. Entre los funcionarios municipales las mujeres representan el 50.1% del total; mientras que los hombres se sitúan en el 49,9%. De esta forma, cada sexto tiene prácticamente la misma representación que en el conjunto de la población. Esto se puede deber a que los ayuntamientos ostentan las competencias más transversales, esto es, están menos enfocados hacia cuestiones sectoriales.

Aquí, como en el caso de la administración central, la mayoría de alcaldes hacen esfuerzos para contar con más mujeres en sus departamentos más masculinizados, como puede ser el caso de policías y bomberos, o de la recogida de basuras. Sin embargo, por alguna razón su éxito es moderado.

En cualquier caso, la administración local es la más estable en cuanto al número de trabajadores, prácticamente cuenta con los mismos en la actualidad que en el año 2010. Con una ligerísima tendencia a la disminución. Ahora el número de funcionarios adscritos se sitúa en los 640.000. 

En definitiva, sin que nadie se lo proponga, contamos con una administración central masculinizada, jerárquica y en retroceso, que tiende a ceder ante una administración autonómica claramente feminizada y expansiva, en permanente afirmación competencial. Por su parte, el mundo local se mantiene sorprendentemente equilibrado, asistiendo con paciencia a las disputas de los niveles superiores. Tal vez no sea del todo casualidad que los grandes conflictos interadministrativos se concentren precisamente entre el nivel central y el autonómico, mientras que la administración municipal, parecen aceptar su papel subordinado, seguramente por estar demasiado ocupada en gestionar lo concreto de su amplísimo rango competencial.

Desde luego, nunca conviene exagerar. Pero, tras los datos expuestos, se puede llegar a pensar que la llamada “guerra de sexos” también se libra también en el plano administrativo. Aunque, alternativamente la explicación al sesgo de género puede estar motivada simplemente porque cada nivel está haciendo lo que sabe hacer mejor. Al fin y al cabo, a lo largo de su historia, los hombres y las mujeres han sido esplendorosamente complementarios, –repartiéndose las tareas–, desde los tiempos de Adán y Eva… hasta la irrupción de las últimas versiones del feminismo woke-neomarxista.

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