Considero que hacer uso del linaje de uno, aparte de acreditar la filiación, denota el orgullo de pertenencia a una estirpe, a la transmisión de un legado y a una forma de rendir respeto a nuestros antepasados. Esta sensibilidad que iguala a hombres y mujeres no se extiende a todas las geograİas y culturas. En Reino Unido, cambiar el apellido por el del marido cuando se contrae matrimonio es una tradición que no obedece a normativa alguna sino a los vestigios de un concepto jurídico llamado “Coverture”. Bajo la doctrina del coverture, la mujer al contraer matrimonio perdía su identidad jurídica y se fundía con la del marido pasando a estar bajo su protección y control. Fue en 1882 y a raíz de una ley, la “Married Womne’s Property Act “ cuando se permitió a las mujeres casadas tener sus propios salarios y una identidad separada de la del marido, sentando la base legal para que las mujeres no tuvieran que estar “fundidas” legalmente con su esposo y por lo tanto poder elegir entre adoptar el apellido del marido, optar por un apellido conjunto -double barrelled name- o seguir con el mismo apellido.
Será por mis reminiscencias románicas que me cuesta entender que hoy en día en el Reino Unido, el 90% de las mujeres inglesas que contraen matrimonio, optan por cambiar su linaje y adoptar el del marido. Cosa que hizo la mismísima Margaret Hilda Roberts, investigadora, licenciada en Ciencias Químicas por la Universidad de Oxford en 1947, para quien el éxito dependía del individualismo, la meritocracia y la ausencia de victimismo. Encumbrada al éxito por el apoyo y admiración incondicional de dos hombres: su padre, Alfred Roberts, del que heredó su pasión por la política y su marido, Denis Thatcher, de quién adoptó su apellido de casada y quien le proporcionó acompañamiento y seguridad para pasar de los laboratorios a la facultad de derecho, y luego especializarse en derecho tributario y fiscal, formación que consideraba fundamental para poder desarrollar, desde el conocimiento, su programa político.
Apodada por los soviéticos “la Dama de Hierro” por sus principios férreos e inamovibles, Margaret Thatcher fue la primera mujer en alcanzar el máximo poder ejecutivo en Europa y gobernó durante once años implementando su modelo económico liberal que transformó Reino Unido. Privatizó empresas, eliminó trabas a la City para convertirla en un centro financiero global, cambió el modelo económico basado en manufactura y minería para pasar a servicios y finanzas y promocionó la flexibilidad laboral. No todo fueron rosas, todavía hoy, queda algún resentimiento por sus políticas de recortes en salud y educación, el cierre de minas que devastó comunidades enteras creando desempleos crónicos y una política exterior no exenta de polémica.
Se esté más o menos de acuerdo con sus políticas liberales, Margaret Thatcher acuñó la concepción de lo que debe entenderse por gasto público quedando brillante e irrefutablemente definida el 14 de Octubre de 1983 , durante un discurso y después de haber ganado sus segundas elecciones generales, con las siguientes palabras “ No olvidemos nunca esta verdad fundamental: el Estado no tiene más dinero que el dinero que las personas ganan por si mimas .. No hay tal cosa como dinero público; solo existe el dinero de los contribuyentes”.
Dados los índices de endeudamiento público de nuestro Estado y el elevado porcentaje de población cuyos ingresos provienen única y exclusivamente del sector público sería conveniente por salud financiera pública que esta verdad fundamental la tuviéramos todos presente. Los reiterados escándalos de corrupción y la obscenidad en el manejo y destino del dinero de todos por parte de cargos del ejecutivo denotan un desdén sistemático contra la verdad fundamental aludida por Thatcher. Lo alarmante es que ese cinismo impúdico parece ya formar parte de nuestra sociedad y de esto uno se da cuenta cuando presencia, hace dos días escasos, como un coche propiedad de la administración pública, es decir, de todos nosotros, los contribuyentes, es conducido por un empleado público, circulando en pleno casco antiguo de Palma, empecinado en maniobrar por calles con ángulos y estrecheces inferiores a los del vehículo, y abollando sin piedad la carrocería, a base de querer avanzar a la fuerza. Una exhibición más de desprecio por los bienes públicos, es decir, de todos nosotros, los contribuyentes. Ser testigo de un acto que atenta contra la integridad de un bien de todos, sufragado por los sangrantes impuestos que se liquidarán en escasos días contra la cuenta corriente del contribuyente, es un vergonzoso insulto que no debe ser tolerado.





