El eclipse

Cuando estas lineas aparezcan a la luz (a la luz de ordenadores y móviles) estaremos en plena fanfarria astronómica debida al famoso eclipse de sol que se está produciendo en diversas partes de la Tierra.

No voy a negar mi nerviosismo e histeria ante un hecho de tamaña trascendencia mundial —y de parte del extranjero— que va a representar, sin ningún género de dudas, un antes y un después en el proceder histórico de dicho evento de tipo crepuscular. Eso, en el caso de que haya un después, que está por ver. Algunas fuentes colsultadas apuntan, directamente, a la finalización, parcial o total, del mundo desde el punto de vista histórico. 

Así com aceptamos con rigor científico que Dios, nuestro Señor —todopoderoso, omnipresente y generoso— creó la Tierra (y, ya de paso, el Universo y lo que sea necesario), del mismo modo, puede tener consistencia el hecho de que el mismo Dios (visto lo visto y observado el estado actual de la Humanidad) haya decidido poner punto y final a su Creación dejándonos y abandonándonos a la buena de Dios, nunca mejor dicho. 

Me comentan expertos religiosos de diversas comunidades eclesiásticas universales que Dios está hasta las narices del comportamiento general de los humanos y las humanas. Parece ser que no lo dice en público porqué no se rebaja a montar nuna rueda de prensa para anunciar algo así; que no le dejaría a Él en buen lugar; que no quiere quedar como un quejica. Así pues, no dejemos de lado esta posibilidad: la de que Dios acabe ya con este mundo repleto de vulgaridades, zafarranchos políticos, camisetas sudadas en el metro, masificación turística en las Baleares, follones de género e invasiones migratorias. Ante esa posibilidad, yo me quedo más tranquilo avisándoles de tal posibilidad: que el mundo se cierre en banda, eche el cerrojo y aquí paz y después gloria. Quedan, pues, sabidos.

Y sí, por lo dicho (el posible final del mundo) y por otras múltiples razones el eclipse de hoy me tiene tieso. He meditado, largamente, sobre qué posición adoptar ante tan grandioso evento internacional y planetario: he pensado unirme a los millones de personas que colapsarán por completo carreteras y autopistas del país, reservar hoteles y restaurantes para calentar motores antes y después del eclipse, bloquear terrazas y miradores, hacerme con el máximo número de gafas especiales anti-sol, impermeabilizarme la cara con cremas solares y realizar cursos de socialización para poder conversar con los millones de espectadores que —cual si fuera uno de los múltiples festivales musicales del verano— abarrotarán montes y cimas encarados a poniente y con la mejor visibilidad posible... Eso es lo que en principio tenía pensado.

Después de largos y lentos días de meditación extrema he llegado a una conclusión personal: no voy a hacer nada de esto. Me voy a quedar en casita, sentado en un mullido sofá bajo un ventilador de techo, con un par de jarras de cerveza fresca en mis manos, entornado de un silencio estrepitoso y con la mente puesta en un tedio suave y aburrido. Ese es mi plan. Esperaré, sin verlo, que la bola pequeña y oscura se interponga ante la bola grande, brillante y fulgurantw —cosa de unos instantes— y, ya si eso, esperaré con ternura que se pare el ventilador de techo y que se acabe el mundo, como aquel quien no quiere la cosa. Me adormeceré con el bello pensamiento de que, con el mundo, también se acabaran los cientos de miles de analfabetos que siguen pensando que el catalán, el mallorquín y el valenciano son idiomas distintos (y con ellos se terminarán sus “opiniones” en las redes sociales. No hay mal que por bien no venga”, o eso dicen. 

Al día siguiente, ya estaremos todos fritos, aunqué quizás Miguel Tellado y Óscar Puente sigan lanzándose pullas como quien no quiere la cosa. 

Por si acaso, abur a todos. 

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