Lecturas estivales

En la famosa entrevista televisiva a Josep Pla que nos regaló Joaquín Soler Serrano en diciembre de 1976, el prolífico escritor ampurdanés, llevado quizás por las exigencias del personaje que creó de sí mismo, afirmaba que “el hombre que a partir de los 35 años lee novelas es un cretino”. Y lo decía él, que era un ávido lector de todos los géneros y que en esa misma charla diseccionó con maestría un nutrido elenco de autores. Quizás su profesión y posición le permitió devorar antes de dicha edad lo mejor de las literaturas española y francesa disponible en la época, pero el resto de los mortales hemos tenido que seguir leyendo novelas, aun a riesgo de caer en el cretinismo crónico.

Mientras España ardía y Ceuta era invadida, nuestro curioso presidente del Gobierno –“curioso” de “digno de estudio”, quiero decir-, desde su retiro canicular en La Mareta, se aprestó a hacer loa y recomendación de sus lecturas veraniegas.

Cierto es que el estío mediterráneo, aventado por el cambio climático, induce a recluirse a oscuras a la fresca de un ventilador o de un inevitable aparato acondicionador durante las horas solares y afrontar de una vez los libros que tenemos pendientes. Pero, al contrario que Pedro Sánchez, carezco de autoridad alguna para hacer recomendaciones literarias, que además se me antojan inútiles, porque animar a otro a que lea me parece tan vacuo como instarle a respirar, a comer o a practicar las artes amatorias.

Dicho lo cual, les referiré mis lecturas de este verano, asentadas sobre mis innegables manías o querencias, que a estas alturas no voy a negarle a nadie. Lo primero que debo dejar claro es que, a diferencia de Sánchez, apenas leo producción literaria del siglo XXI. A lo sumo, algún autor a caballo de ambas centurias, pero poco más. La razón es muy simple. El siglo XX conformó la auténtica edad de oro de la literatura hispana a ambas orillas del Atlántico, afirmación que excuso justificar porque mi editor no me paga por el número de caracteres de mis artículos. Otro tanto cabría decir de la literatura en lengua inglesa y, en distinta medida, en catalán.

En contraste, del siglo actual, con una producción literaria inmensa, apenas puedo referirme a unos pocos títulos. En general, abomino de los premios y superventas literarios, porque su única finalidad es la comercial. Sí, hay autores de ambos sexos que escriben con gracia y hasta son entretenidos, válidos para un fin de semana de lluvia, pero, en general, carentes de profundidad y dirigidos a un público inexigente, que lee como desliza vídeos del tiktok.  

Por desgracia, en nuestro país ya ha llegado a la etapa vital de editar libros la generación de desdichados a quienes el sistema educativo condenó a formarse bajo las paupérrimas exigencias epistemológicas de la ESO y su capado bachillerato de dos años, y que han estudiado en universidades que aprueban exámenes con faltas de ortografía para no traumatizar a las pobres criaturas. Con estos mimbres, escribir a la altura de sus predecesores constituiría una heroicidad que, no obstante, estoy dispuesto a reconocer en cuanto se me presente, aunque, de momento, no se ha dado tan feliz hallazgo.

Pero, entonces, ¿qué leo? Les confieso que lo hago exactamente igual que colecciono cámaras fotográficas, radios de válvulas, o antiguallas varias. O sea, que vivo en la nostalgia literaria. Me limito a preguntarme qué libros no quiero dejar de leer antes de hacer mutis por el foro, y allá que voy.

El penúltimo, una auténtica deuda pendiente con mi juventud, una obra excepcional que celebro haber descubierto aunque sea tarde. Me refiero al Tiempo de silencio del malogrado Luis Martín-Santos. Menuda faena que falleciera con una única obra de ficción editada a los 39 años. Martín-Santos brilló a lo largo de su existencia en todas y cada una de las facetas a las que dedicó su saber, desde la psiquiatría -a los 27 años dirigía el hospital psiquiátrico de San Sebastián- a la literatura, con esta única joya literaria y una segunda inacabada, Tiempo de destrucción.

El escenario, el Madrid de finales de los años 40, me atraía especialmente, porque la sociedad española que describe es la de mis padres. Comparte ambiente con La Colmena, de Cela, y el Madrid 1940, de Paco Umbral, y las tres son obras maestras de nuestras letras, aunque quizás elija de entre ellas la de Martín-Santos por su ingenio, su lenguaje y su vanguardista estructura. La obra, quizás por la profesión de su autor, describe principalmente lo que tanto el relator como el protagonista y otros personajes piensan en las diversas situaciones. El escaso diálogo está al servicio de la disección de una sociedad lastrada por las consecuencias de la tragedia colectiva de la que intentaba recuperarse y las servidumbres propias de la más primitiva dictadura franquista, a la que no hace falta mencionar en momento alguno, pero que está permanentemente presente.       

Tras esta delicia, he comenzado Rebeca, de la exitosa escritora británica Daphne du Maurier, de la que, como casi todo el mundo, conocía únicamente su versión cinematográfica a cargo de Alfred Hitchcock, Laurence Olivier y una bellísima Joan Fontaine.

Sí, es un bestseller de su época, pero hasta los superventas del siglo XX son infinitamente mejores que los del XXI. Llámenme viejo.

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