Hay momentos en los que un Gobierno no puede esconderse detrás de las estadísticas. Hay momentos en los que las cifras dejan de ser una coartada y empiezan a convertirse en una prueba. Ceuta vive uno de esos momentos. La entrada masiva de decenas de miles de personas procedentes de Marruecos ha sometido a la ciudad a una presión extraordinaria. Y mientras las Fuerzas de Seguridad, Defensa y otros servicios del Estado han tenido que movilizar recursos y adoptar medidas excepcionales, la respuesta del Ministerio de Sanidad y de INGESA ha sido, hasta ahora, sorprendentemente distinta: negar el problema.
Ese es el verdadero escándalo.
No que los profesionales sanitarios estén agotados. No que un sistema sanitario diseñado para una determinada población tenga que absorber de repente una presión asistencial extraordinaria. Ni siquiera Ceuta arrastre desde hace años una crónica falta de médicos. El escándalo es que, cuando quienes están dentro del hospital dicen que la situación es insostenible, quienes gobiernan desde Madrid responden que no pasa nada.
El Colegio de Médicos de Ceuta ha denunciado abiertamente el colapso sanitario y ha reclamado refuerzos externos. Su presidente ha sido meridianamente claro: los refuerzos no pueden consistir en que los profesionales “doblen o no duerman”. Y frente a eso, INGESA responde que no hay colapso. Qué hay camas disponibles. Que la actividad asistencial continúe. Que no ha sido necesario activar determinadas áreas de emergencia.
Es aquí donde aparece el eclipse. Porque un eclipse no significa que el sol haya desaparecido. Significa que alguien se ha interpuesto entre el sol y quienes deberían verlo. En Ceuta, el sol es la realidad asistencial. Y la sombra es la versión oficial.
¿Quién tiene razón? ¿La ministra y sus informes? ¿O los médicos que están en las urgencias? ¿La estadística administrativa? ¿O el profesional que tiene que atender a un paciente más después de una jornada interminable? ¿El porcentaje de camas libres? ¿O la capacidad real de una plantilla que ya estaba bajo mínimos antes de que se produjera esta crisis?
La política sanitaria tiene una obligación elemental: anticiparse. Cuando existe una situación excepcional, se refuerzan los servicios antes de que la presión asistencial alcance su máximo. Cuando existe riesgo epidemiológico, se adoptan medidas preventivas. Cuando una plantilla está infradimensionada, se incorporan efectivos.
Mónica García y INGESA parecen empeñados en mirar el cielo y decirnos que el sol sigue ahí. Claro que sigue ahí. Pero los ciudadanos y los profesionales están experimentando la oscuridad. La pregunta no es si el sol existe. La pregunta es por qué la población está a oscuras.
Y en Ceuta esa oscuridad tiene nombres y apellidos: falta de profesionales, saturación, presión asistencial extraordinaria y ausencia de una respuesta proporcional por parte de quien tiene la competencia y la responsabilidad de garantizarla. No se trata de negar asistencia sanitaria a nadie. Todo lo contrario.
Precisamente porque cualquier persona que necesite atención debe recibirla, el Estado tiene la obligación de poner los recursos necesarios. La solidaridad no puede financiarse con el agotamiento de los médicos. La política migratoria no puede descargarse sobre las urgencias hospitalarias. Y una emergencia extraordinaria no puede gestionarse con una plantilla ordinaria. Eso no es planificación. Eso es improvisación.
Y cuando la improvisación viene acompañada de la negación de la realidad, se convierte en algo todavía peor: irresponsabilidad institucional. Los médicos de Ceuta no necesitan que Madrid les explique que no están colapsados. Necesitan que Madrid les pregunte qué necesitan. No necesitan una nota de prensa. Necesitan refuerzos. No necesitan que les digan que todo funciona. Necesitan que el Ministerio garantice que podrá seguir funcionando mañana. Porque quizá el mayor error de Mónica García no sea haber calculado mal las cifras.
Quizá sea haber olvidado algo mucho más elemental: que detrás de cada cifra hay un profesional y detrás de cada profesional hay un ser humano que también tiene un límite.
El eclipse pasará. La pregunta es qué quedará cuando vuelva a salir el sol.
Y, sobre todo, si para entonces el Ministerio habrá decidido finalmente mirar de frente a quienes estuvieron allí, en primera línea, mientras desde Madrid alguien insistía en que la oscuridad no existía.





