El público no es tonto

Hace muchos años un jugador de esos que creen que si no has sido futbolista profesional no puedes opinar, me quiso someter a examen preguntándome qué era lo primero que miraba en cuanto el árbitro daba la señal de empezar el partido. Le respondí que mi cronómetro para medir el tiempo de juego lo que, además, era rigurosamente cierto.
Luis Aragonés contaba que siendo entrenador del Real Oviedo un borracho ubicado justo detrás de su banquillo no cesaba de gritarle que cambiara al “7”. El visitante iba por delante en el marcador y el de Hortaleza no daba con la fórmula para reducir la ventaja, mientras el espectador de marras, que seguía con la mona a cuestas, insistía en el relevo del “7”. Tanto llegó a incomodarle que el delegado de campo tuvo que hacer que la seguridad del Carlos Tartiere forzara al aficionado beodo a cambiar de sitio. Todo fue inútil ya que, finalmente, el marcador no cambió y ya camino de los vestuarios, el entrañable “Zapatones” se acercó a Jesús Paredes, el preparador físico, susurrándole al oído: “¿sabes?, creo que el borracho tenía razón; debí cambiar al “7”.
Esta parábola debería aprendérsela de memoria Fernando Vázquez porque, aparte de ser una historia real, su moraleja no tiene desperdicio y es fácil de entender. Podemos discutir si el público es soberano o no, pero tampoco es tonto. Si al gallego no le agrada el ambiente, a la afición no le gustan los resultados ni el juego y, además, los ocho mil que acuden a Son Moix, más los que pagan por ver la Liga 1-2-3 por televisión, son quienes pagan su nómina y sus primas, sea cual sea su cuantía y si es que las hay.
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