El debate sobre la sanidad pública suele asentarse en una premisa tan extendida como cómoda. El sistema falla porque carece de recursos y rinde poco. En este contexto, ante las listas de espera, la respuesta automática parece evidente: más consultas, más quirófanos y más horas de actividad. Todo se reduce a producir más, como si el problema fuera únicamente una cuestión de volumen
Sin embargo, los datos muestran que este diagnóstico es, como mínimo, es simple e incompleto. El sistema sanitario no está parado, sino saturado. A finales de 2024, más de 846.000 personas esperaban una intervención quirúrgica, con una demora media de 126 días, y casi cuatro millones aguardaban una primera consulta con el especialista. No es un problema de inactividad, sino de incapacidad para transformar la enorme carga asistencial en acceso oportuno y con prioridades claras.
Una de las claves es el cambio en el perfil de los pacientes. España es un país más envejecido y con mayor prevalencia de enfermedades crónicas y multimorbilidad. Más del 20 % de la población supera los 65 años. Los procesos asistenciales son más complejos, las estancias hospitalarias más largas y la coordinación clínica más exigente.
A ello se suman los problemas sociales para el alta. Al menos el 1,3 % de las altas hospitalarias se retrasa por causas no clínicas, lo que mantiene camas ocupadas innecesariamente y agrava la sensación de colapso. Este fenómeno, lejos de ser marginal, tiene un impacto directo en la ocupación hospitalaria y en las listas de espera.
Por último no todas las administraciones, ni los niveles asistenciales, ni los territorios, tienen los mismos resultados. El Ministerio de Sanidad realiza un Barómetro Sanitario anual. El de 2025 refleja bien esta paradoja. Más del 80 % de los usuarios valora positivamente la atención recibida, pero la valoración global del sistema apenas supera el aprobado. El problema no es la calidad profesional, sino el acceso y la fluidez.
En Baleares este patrón es especialmente visible. La sanidad pública obtiene una valoración de 6,35 sobre 10, pero la comunidad lidera el aseguramiento privado, con más del 30 % de la población cubierta. No es una contradicción, sino una señal, entre otras, de desconfianza en la capacidad del sistema para responder con rapidez y previsibilidad.
La atención hospitalaria, con una puntuación de 6, concentra tanto la complejidad clínica como los principales frenos organizativos: altas demoradas, escasa integración con atención primaria y servicios sociales, y circuitos poco adaptados a pacientes crónicos.
Si se quiere mejorar de forma real el rendimiento y la percepción del sistema, además de transformar la atención primaria, debe desplazar el foco hacia la reorganización hospitalaria. Tres líneas resultan clave: reforzar la continuidad asistencial entre niveles, convertir el alta en un proceso estratégico y modernizar la organización para una población más envejecida y compleja.
Podemos seguir mirando el vaso medio lleno, justificar el aprobado justo de los ciudadanos apelando a una supuesta e incuestionable falta de recursos y entregarnos a la autocomplacencia. Un relato cómodo y reiterado que evita el debate de fondo y que encuentran especialmente útil quienes disfrutan de un acceso fácil y privilegiado a los medios.



