En el fútbol, como en la vida, saber perder es un arte. Un arte que pocos dominan. No es un trago fácil de digerir; de hecho, requiere dosis elevadas de madurez e introspección interiorizar que la derrota también forma parte del juego.
Asumir, aceptar, extraer lecturas, hacer autocrítica y aprender... Todos estos son ingredientes indispensables del puzle, piezas clave para evolucionar en cualquier disciplina.
En este contexto nos situamos, y Argentina no supo perder la final del Mundial 2026 ante España. Hablamos de un bloque que, tras verse ampliamente superado sobre el césped —quizá no en el electrónico, pero sí en propuesta, dominio y ocasiones—, fue incapaz de encajar un desenlace que resultaba indiscutible.
Un partido de fútbol se puede ganar de muchas maneras: monopolizando el balón, replegándose para golpear a la contra, maximizando la estrategia a balón parado o imponiendo un ritmo asfixiante en los duelos individuales. Cualquier camino es válido dentro del reglamento.
Lo que es absolutamente innegociable es que, tras el silbato final —ya sea en el minuto 90 o en el 120 como en este caso—, prevalezcan la nobleza y la deportividad. Todo lo acontecido sobre el verde debe morir en el verde. El pitido final debe certificar el fin de la batalla.
Sin embargo, la actuación albiceleste al término del choque distó mucho de este principio. Puñetazos, enganchones, patadas, insultos y un lamentable catálogo de barullos y faltas de respeto empañaron el festejo de una selección española recién proclamada Campeona del Mundo.
Escenas inaceptables en el mayor escaparate del planeta fútbol, que delatan una rabia desmedida y una frustración pésimamente gestionada. Los compañeros del mejor futbolista de la historia —Leo Messi— le hicieron un flaco favor en lo que, con casi total certeza, supuso el último baile defendiendo la camiseta de su país.





