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El veto independentista a Miquel Iceta

martes 21 de mayo de 2019, 01:00h

Se han multiplicado las especulaciones sobre la verdadera causa del veto de Esquerra a que Miquel Iceta ;fuera senador autonómico para que ejerciera la presidencia del Senado, tal y como proponía Pedro Sánchez. Incluso se hacen juegos de misterio al respecto, como el que propone Enric Juliana, director adjunto de La Vanguardia, en su artículo “La Moncloa descubre el gen de Esquerra” (17/05/19). Claro, como suele hacer, Juliana nunca deja claro cuál es ese gen; hay que evitar mojarse del todo.

El consenso más amplio entre los observadores refiere a que ERC no quiere perder votos en las elecciones del 26 de mayo. Y esta explicación tiene sentido. Pero lo que no está tan claro es cuál es el espacio que le permitiría mantener o aumentar su cauce electoral. Es frecuente que los grandes partidos consideren mejorar sus opciones moviéndose hacia posiciones moderadas o de centro. Sin embargo, todo indica que ERC busca no perder votos entre los sectores más radicales del independentismo. Pareciera que considera que tiene asegurados los votos del independentismo moderado. Sin embargo, en esa dirección cabría la posibilidad de que una cantidad de apoyos se fueran a los Comunes o incluso al PSC. Pero, al fin del día, parece que ERC prefiere arriesgarse por ese lado que exponerse a que le acusen de traición desde los sectores más fanáticos del secesionismo.

La conclusión que se obtiene de la reflexión anterior es que el posicionamiento de los partidos independentistas depende de la resultante de las diferentes tendencias que existen al interior de la cultura política en Cataluña. Y que es el cambio de esa cultura política el factor definitivo de la solución del conflicto catalán. Cierto, ese cambio puede consumir un tiempo prolongado y puede que mucho antes sucedan modificaciones más rápidas en la correlación política de fuerzas (por ejemplo, a partir de la sentencia del Supremo). Pero no hay ninguna duda de que es la transformación de la cultura política en Cataluña lo que asentará una convivencia pacífica a largo plazo. Porque, en el fondo, es la cultura política prevalente lo que conduce a ERC a adoptar posiciones insensatas. Es decir, hay que regresar al debate y a la deliberación sobre los fundamentos de la democracia y del Estado de Derecho, además de la discusión sobre los eventos de naturaleza táctica que van sucediendo día tras día.

Por poner un ejemplo, me resultó sorprendente que en los debates desarrollados en el ámbito catalán, incluyendo los celebrados en TV3, las fuerzas independentistas continuaran basando sus discursos en el hecho de que lo que trataron de hacer el 1-O era votar, algo que es prueba evidente de su determinación democrática. Pero todavía me pareció más chocante que ninguno de sus interlocutores contradijera directamente ese argumento y lo dejara pasar como si fuera manido o de menor importancia o, lo que es peor, no tuviera respuesta.

Puede parecer aburrido, pero es fundamental insistir en la falacia de tal planteamiento. El ejercicio del voto no es sinónimo de intencionalidad democrática. Muchos historiadores subrayan el hecho de que los mayores dictadores (Hitler, Mussolini, etc.) utilizaron las elecciones para liquidar luego la democracia desde dentro. Pero hay que consignar también que el hecho mismo de votar puede tener un sentido antidemocrático.

En efecto, ejercer el voto saltándose las reglas del juego, contra el Estado de Derecho y sin las mínimas garantías procedimentales no es un ejercicio democrático sino todo lo contrario. En Cuba hay frecuentes elecciones, o Maduro ;en Venezuela, cuando perdió las elecciones parlamentarias, simplemente desconoció la Asamblea Nacional electa, inventándose un procedimiento electoral paralelo y anticonstitucional. Y todo ello a base de votaciones. En tales circunstancias, el acto concreto de votar, lejos de ser una muestra de talante democrático, es una acción completamente antidemocrática.

El secesionismo catalán considera que posee una cultura política democrática muy superior a la que hay en España. Esa idea supremacista se mantiene sobre la base de fundamentos gigantescos con pies de barro. Es la falta de discusión abierta lo que permite al independentismo mantener un convencimiento acerca de la calidad de su cultura política. Desde luego, no estoy diciendo con ello que esa cultura sea precisamente muy sólida en el resto de España. Pero eso no disminuye la mediocridad en el caso del nacionalismo catalán, ni justifica el abandono de la deliberación democrática para demostrarlo. La acción política coyuntural debe ser compatible con la deliberación más conceptual y a largo plazo. Avanzar a dos velocidades puede permitir a veces resultados más sólidos.

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