Élites, wokismo y prensa

Sin duda, las élites sociales de cualquier época se preocupan de controlar, en la medida en que pueden, el pensamiento de las masas. Es la mejor manera de mantener su situación privilegiada. Así, los patricios romanos persiguieron a los cristianos porque esta religión ponía en almoneda aquella estructura social, sobre todo al reconocer la dignidad de los esclavos. Con el tiempo, cuando el cristianismo se extendió, tal como habían previsto, Roma se hundió. Más tarde, los Estados-nación construyeron nuevas formas de pensar para legitimar el enorme poder que podían alcanzar gracias a sus eficaces ministerios de Hacienda, que permitían financiar ejércitos de un tamaño desconocido hasta entonces.

La mentalidad capitalista, inicialmente, fue la que permitió a grandes masas populares aprovechar sus propios recursos, de forma activa, para alcanzar por sí mismas una vida mejor. Sin embargo, con el aumento de la complejidad del sistema, van apareciendo élites de tipo burocrático —tanto en algunas grandes empresas como en muchos de los poderosos Estados nacionales— dispuestas a crear un marco mental que las refrende en su posición dominante.

El wokismo cumple a la perfección con este papel. La creación de identidades con derechos diferenciados (mujeres, minorías raciales, nacionalismos locales, indigenismos, etc.); la construcción de enemigos difusos a los que se pueden atribuir los males que se desee (patriarcado, fascismo, colonialismo, etc.); o la proclamación de apocalipsis inminentes (cambio climático, epidemias, superpoblación, sexta extinción, etc.) producen una fragmentación social que mina la confianza de los individuos en sí mismos y en sus comunidades naturales.

En este contexto, el ciudadano deja de percibirse como un sujeto autónomo y responsable, capaz de prosperar mediante su esfuerzo, y pasa a considerarse miembro de un colectivo agraviado que requiere tutela constante. Esa tutela, por supuesto, la pasan a ofrecer y ejercer tanto los poderes públicos como una amplia red de instituciones intermedias —organismos internacionales, ONG, grandes corporaciones, universidades, fundaciones, etc.— que encuentran en este marco ideológico una justificación para ampliar su influencia.

Este puede ser el motivo por el cual muchas de las grandes empresas que operan a escala global han adoptado con entusiasmo el lenguaje wokista, pues les permite proyectar una imagen moralmente elevada sin alterar los fundamentos de su modelo de negocio. La adhesión a determinadas causas simbólicas resulta, en este sentido, mucho menos costosa que afrontar cambios estructurales que podrían cuestionar su posición dominante en el mercado.

Al mismo tiempo, la proliferación de normas, regulaciones y códigos asociados a estas nuevas sensibilidades contribuye a elevar las barreras de entrada para pequeños y nuevos competidores y emprendedores. Así, bajo una apariencia de justicia social, se consolida un entorno cada vez más favorable para quienes ya disponen de una posición consolidada. De este modo, no solo se acentúa la polarización social, sino que se configura una dualidad cada vez más marcada entre quienes se benefician del sistema y aquellos otros para quienes la escalera de la movilidad social se vuelve cada vez más inaccesible.

El resultado es una sociedad más fragmentada, en la que el debate público se desplaza desde las cuestiones materiales —empleo, productividad, acceso a la vivienda— hacia conflictos simbólicos que, si bien pueden ser relevantes, difícilmente articulan soluciones compartidas. Mientras tanto, las élites económicas y burocráticas ven reforzada su posición en un contexto donde la división social dificulta la articulación de alternativas amplias y cohesionadas.

Lógicamente, además de otros actores, los medios de comunicación juegan un papel esencial en la difusión de estas ideas favorables a las élites. A título de ejemplo, un simple repaso a algunos de los nombres más conocidos puede ayudar a entender la situación: la familia Agnelli controla el grupo Exor (The Economist, etc.); Jeff Bezos, The Washington Post; Rupert Murdoch, el grupo News Corp que, entre otras, posee la cabecera de The Times; Carlos Slim mantiene importantes participaciones en distintos grupos, incluido el español PRISA. Las grandes tecnológicas globales ostentan las mayores cifras de gasto publicitario tanto en The New York Times como en muchos otros influyentes medios, mientras que en países como el nuestro es el Gobierno quien ostenta ese papel. Pautas que se repiten también en el ámbito de las agencias de noticias, así como en el periodismo local.

Asimismo, no hay que descartar que muchos de los movimientos que el actual Gobierno de Pedro Sánchez está realizando en el IBEX tengan, al menos parcialmente, esta misma finalidad (dando por descontado el caso de RTVE). De igual forma, conocidos personajes de esta moderna aristocracia, como Soros o Gates, no ocultan que se dedican a difundir estas ideas. 

Todo esto invita a reflexionar sobre hasta qué punto determinadas corrientes ideológicas, lejos de subvertir el orden establecido, pueden estar contribuyendo a su consolidación. La historia muestra que las ideas dominantes rara vez son neutrales: suelen ser, en mayor o menor medida, funcionales a quienes detentan el poder en cada momento.

Por ello, si se pretende entender el momento actual, quizás convenga recuperar una mirada más crítica y exigente, y convertir a la prensa, su financiación, sus vínculos y su entorno en noticia.

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