Entre la alerta necesaria y el riesgo real

Por momentos, parece que el mundo vive bajo una amenaza constante de nuevas pandemias. Apenas seis años después del estallido del COVID-19, cualquier noticia sobre virus emergentes se amplifica con una rapidez que alimenta tanto la preocupación legítima como el miedo desproporcionado. El reciente foco mediático sobre el hantavirus —con casos detectados en un crucero internacional y algunos fallecimientos— no es una excepción. Sin embargo, conviene detenerse, analizar la evidencia y, sobre todo, mantener la calma.

Según la evaluación disponible de científicos y organismos internacionales, se trata de un escenario de transmisión limitada. El riesgo para la población general se considera bajo, no se recomiendan restricciones de viaje y la prioridad sanitaria se centra en vigilancia, diagnóstico precoz e información pública.

El foco informativo se encendió tras varios positivos vinculados a un buque de expedición y la confirmación de fallecimientos y su posterior conducción a un puerto español. El episodio, por producirse en un entorno cerrado, atrajo la atención por un motivo concreto, la implicación del virus de los Andes, la única variante de hantavirus con transmisión documentada de persona a persona. 

Se trata de un patógeno grave para quien enferma, pero con una capacidad de propagación limitada en la comunidad en comparación con virus respiratorios de alta transmisibilidad.

Es un virus -una familia de virus- conocido desde hace años, cuyo reservorio habitual son los roedores y con muchos brotes autolimitados publicados. La vía más frecuente de infección humana es ambiental. Inhalar partículas en suspensión procedentes de orina, heces o saliva de animales infectados, sobre todo en espacios cerrados o poco ventilados Los contagios suelen relacionarse con circunstancias concretas —limpieza de espacios cerrados, trabajos rurales o contacto con nidos y madrigueras— más que con la vida social cotidiana.

El matiz que concentra la atención es el contagio entre humanos. La variante Andes puede pasar de un enfermo a un contacto estrecho, generalmente en entornos familiares o sanitarios. No se transmite con facilidad. El riesgo de contagio comunitario se mantiene bajo y los brotes tienden a ser pequeños y controlables con medidas clásicas de salud pública, como el aislamiento de casos y el seguimiento de contactos.

Si no ha cambiado la capacidad de transmisión, cosa poco probable ante contagios tan limitados, con el aislamiento de casos y el seguimiento de contactos debería ser, como ha sido hasta la fecha, suficiente. Los problemas solo pueden venir de dejarlo en manos de la ignorancia, en la gestión de desaprensivos, encadenar muchos errores y durante mucho tiempo. 

Un brote de infección tan localizado, por un germen con poca infectividad, en medio del mar, es un escenario que solo se puede complicar si se empeñan en complicarlo. La variable que ha cambiado en pocos años es la gran movilidad y en ella tenemos que centrarnos. 

Se acaba de secuenciar el virus en Ginebra y resulta que es prácticamente idéntico al virus que provocó la epidemia que duró 4 meses en Argentina en 2018. https://virological.org/t/complete-sequencia-del-ortohantavirus-virus-andesense-residente-suizo-2026/1023/8.  No es un virus nuevo ni su transmisión de persona a persona es rara. Para los que no saben del brote de 2018, el Andes Hantavirus llegó a infectar a >1% de una población y produjo una tasa de mortalidad del 32%. Durante el sepelio de uno de los muertos, la viuda contagió a 10 de los asistentes. https://nejm.org/doi/10.1056/NEJMoa2009040

Sin embargo, este brote tan limitado y con tanta repercusión psicológica, social y política, nos debe servir una vez más por respetar la naturaleza y basar las decisiones en las recomendaciones de los que saben. Que el riesgo poblacional sea bajo no significa que la enfermedad sea leve. 

Es preciso equilibrar los dos objetivos, reforzar la vigilancia —para detectar y atender rápido los casos— y evitar reacciones desproporcionadas que dificulten la respuesta sanitaria. 

En Baleares, donde el flujo de visitantes es elevado, la cuestión principal es si existe riesgo en entornos habituales de viaje. Con la información disponible, el contagio en espacios públicos como aeropuertos, hoteles o restaurantes no se plantea. A partir de aquí, el enfoque recomendado combina dos líneas, la atención clínica y seguimiento epidemiológico en el único foco identificado. 

El manejo oportuno y la investigación de contactos son las herramientas habituales para limitar posibles cadenas de transmisión y no deberíamos tentar la suerte con ocurrencias o sobreactuaciones de otra naturaleza.

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