Hilos invisibles

A menudo me detengo a reflexionar sobre cuestiones aparentemente obvias de nuestra cotidianidad, hilos invisibles que manejamos en el día a día sin detenernos a mirar su reverso. Una de esas certezas indiscutibles es que no me siento a gusto con todo el mundo. He aprendido a aceptar que soy selectiva, que mi energía no es un bien público y que solo me permito ser verdaderamente yo con determinadas personas. Durante mucho tiempo me pregunté por qué me cuesta tanto desnudarme emocionalmente ante unos, mientras que con otros el alma se abre de inmediato. El motivo profundo de por qué me pasa esto lo descubrí leyendo a Nazaret Castellanos en su obra “Neurociencia del cuerpo”, cuando habla de la sintonía del latido cardíaco.

Una tarde de invierno acudí como invitada a bailar con un grupo de mujeres. Nuestra anfitriona era Nazaret Castellanos y nuestra profesora, la bailarina Gisela Schwartz. Nos movíamos con la firme intención de practicar la conexión pura, explorando ese espacio sutil donde la mente y el baile se fusionan en un solo movimiento. En ese encuentro, Nazaret estaba documentando de forma activa la íntima relación entre la mente y la danza. Tiempo después, esta enriquecedora experiencia cristalizó de forma pública en su proyecto conjunto «La Danza y el Cerebro». A través de esta alianza, ambas exploran y difunden el profundo impacto positivo del baile sobre la salud mental y el bienestar emocional, demostrando que el movimiento rítmico no es solo una expresión artística, sino una vía biológica de sanación.

Fue a raíz de esa divertida y reveladora tarde en movimiento como me adentré en las conferencias de Nazaret y, posteriormente, en sus cuentos infantiles dedicados al legado de Santiago Ramón y Cajal, como “Alicia y el cerebro maravilloso”. Tanto en sus textos para adultos como en su literatura infantil, se nos enseña que el cerebro, el cuerpo y el corazón se entrelazan de formas asombrosas. Al adentrarme en las páginas de “Neurociencia del cuerpo”, comprendí que, cuando conectamos profundamente con alguien, se produce una auténtica sincronización de los latidos del corazón. La ciencia demuestra que las almas gemelas existen en un plano estrictamente medible: nuestros ritmos cardíacos se acompasan con los de aquellos que nos transmiten una paz genuina, tal como ocurre en el fluir de un baile compartido en perfecta sintonía.

Este hallazgo biológico nos obliga a ser mucho más rigurosos con nuestro lenguaje y nuestros afectos. Por este motivo, no me permito banalizar el término «amistad» pretendiendo usarlo con todo el mundo. Llamar «amigo» a cualquier conocido diluye el valor de un milagro orgánico y evolutivo. Nuestro corazón no tiene la capacidad física ni emocional de sincronizarse con todo el mundo; es un recurso estrictamente limitado y extraordinario. La verdadera amistad requiere una forma biológica de seguridad que el cuerpo no le entrega a cualquiera.

Pasar unos días con amigas de toda la vida abre la reflexión sobre la fortuna de poder aparcar el yugo autoimpuesto de las expectativas diarias. Estar con ellas es la excusa perfecta para colgar la coraza que nos protege del mundo exterior y, simplemente, respirar. Es ahí, en la complicidad de los corazones que laten a una, donde aprendemos a valorar el mayor regalo de la existencia: la aceptación incondicional. Aquella que nos devuelve a nuestra esencia más pura y nos recuerda que, al igual que los árboles del bosque neuronal de Cajal, nuestras vidas crecen mejor cuando se entrelazan con hilos invisibles de respeto, amor y paz compartida.

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