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Iago, Gaspar y Thomas

viernes 18 de octubre de 2019, 03:00h

Vivimos en un mundo de apariencias y representaciones, sublimado aún más en el ámbito político. Nuestro superconseller de Modelo Económico, Turismo y Trabajo, Iago Negueruela, lo sabe bien.

A comienzos de este mismo año 2019, estallaba una situación que venía fraguándose desde hace años, la bancarrota de la entidad social que en nuestra comunidad capitalizaba la atención a las personas afectas de cualquier género de trastorno del espectro autista. Me refiero, claro, al centro Gaspar Hauser, que desarrollaba desde hace décadas su encomiable –aunque ruinosa- actividad en los ámbitos educativo y asistencial en sus instalaciones de El Terreno.

Nunca antes una organización de este sector tan relevante para la justicia social de los más desprotegidos había llegado a este extremo, dejando en la calle y con una enorme deuda a la inmensa mayoría de sus trabajadores, todos ellos, valiosos y especializados profesionales, y poniendo en riesgo la atención de personas con discapacidades muy específicas.

Gracias a la rápida intervención de la Conselleria d’Educació, otro centro de educación especial asumió las aulas en funcionamiento y los alumnos de Gaspar Hauser, incorporando, además, a algunos de sus profesionales y rechazando a otros, lo que ha motivado asimismo un agravio difícil de justificar y los correspondientes litigios, que penden de los juzgados.

En cuanto a la Conselleria de Treball de Negueruela, inexplicablemente se desentendió por completo de este asunto, remitiendo a los trabajadores al correspondiente concurso de acreedores ante el Juzgado de lo Mercantil y a lo que en su día pudieran rascar del Fondo de Garantía Salarial y del desempleo. No era posible tener en consideración el carácter social de la obra que llevaban a cabo estos profesionales y reconocerles medidas o ayudas específicas, puesto que ello hubiera supuesto para ellos un privilegio en comparación con los de otros sectores en parecida situación. Cabizbajos y jodidos, se aprestaron a seguir un largo camino para tratar, no ya de recuperar su puesto de trabajo perdido, sino de percibir, al menos, parte de los salarios que se les adeudaban. En bastantes casos, estos especialistas estuvieron cerca de un año trabajando sin cobrar un céntimo. Ninguna autoridad se lo ha reconocido, ni siquiera en el plano meramente moral. Dura lex, sed lex.

Cuando, a principios de este otoño, cayó con estrépito el turoperador Thomas Cook, la actitud de Iago Negueruela cambió por completo. Nuestro conseller gallego adoptó inmediatamente una postura proactiva para minimizar los daños y conseguir, como así ha sido, que se dictase por el gobierno estatal en funciones un Real Decreto-Ley para determinar medidas específicas, y acordando directamente desde el Govern ayudas, calificadas por Armengol como de ‘supervivencia de las familias’, de 500 euros mensuales a todos los trabajadores de Thomas Cook durante cuatro meses, en tanto no pudieran pasar a percibir la prestación de desempleo o se hubieran reocupado. Un alivio que probablemente sea muy justo en términos individuales, no lo dudo, pero que en comparación con el trato recibido por trabajadores de otras empresas en idéntica situación constituye una verdadera afrenta.

¿Qué diferencia a Gaspar Hauser de Thomas Cook? Obviamente, y en primerísimo lugar, el sector económico al que pertenecían ambas empresas. El turístico –que también gestiona Negueruela desde su supuerconselleria- goza de un impacto mediático infinitamente superior a nuestro siempre arrinconado sector social, tan necesario como, a menudo, olvidado a su suerte. Ayudar a los trabajadores de Thomas Cook supone portadas en todos los medios. Echar una mano a los de Gaspar Hauser, quizás un breve comentario en página par.

La segunda variable que ha distinguido a Gaspar de Thomas ha sido, sin duda, la proximidad de unas elecciones generales y la ambición poco disimulada de Negueruela de alcanzar cotas de responsabilidad superiores en su partido, si es que éste llega a gobernar.

No hace falta más explicación, así se escribe la historia, aunque, como ésta, sea en realidad una historia tan prosaica y regresiva.

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