Maura Healey, gobernadora demócrata de Massachussets, ha aprobado un proyecto de ley que permite abortar, si un médico lo avala, en cualquier fase del embarazo. Hasta el final. No es que hasta ahora no se pudiera abortar allí. Con la legislación actual, una mujer puede hacerlo libremente hasta la semana 24 de embarazo (en España es hasta la 14) y, a partir de ese momento, los médicos pueden decidirlo si concurre peligro para la vida de la mujer, riesgo para su salud física o mental, o una grave anomalía fetal. No resulta fácil imaginar cuál es, entonces, el hueco que la reforma pretende cubrir, ni parece que existiera una razón perentoria para hacerla, pero Maura Healey la encontró: «creemos que las decisiones sobre atención médica deben tomarse entre las mujeres, sus familias y sus médicos, no entre los políticos». Ha hecho exactamente lo contrario.
La escenografía con la que presentó su reforma es perturbadora. Healey procede sonriente a firmar el proyecto en una mesa. De pie, alrededor, un grupo de mujeres asisten con expresión de felicidad, y llegan a aplaudir y reír cuando la firma es completada. Algunas llevan bata blanca, para dar a entender que todo esto no es más que un asunto médico. Make science great again! Que sean los profesionales médicos quienes decidan, y no los políticos, como dice Healey. Pero si se trata de una demanda médica ¿por qué sólo hay mujeres? Y en todo caso ¿por qué dan saltitos y palmas? Es dudoso que hicieran algo así si se estuviera aprobando, digamos, un protocolo para gastroscopias.
Los conservadores norteamericanos se han sentido realmente horrorizados ante la escena, y se han dedicado, con la ayuda de la IA, a presentarla como un aquelarre. Se lo han puesto fácil, y en los montajes y memes, aparecen como servidoras del demonio que se regodean con el sacrificio de niños. Es disparatado, claro, pero es imposible dejar de percibir que la escena es bastante siniestra. ¿Qué ha ocurrido aquí?
Lo cierto es que la escenografía desvela crudamente que, a pesar de lo que diga Healey, sí ha sido una decisión fríamente política. La gobernadora intenta, con este proyecto, seducir a un segmento de su electorado, las mujeres, que son las que precisamente constituyen el decorado de la escena. Ella misma lo confirma al señalar que, mientras ella apoya a las mujeres, los que se oponen a su legislación no lo hacen. Es decir, ella busca votos, pero lo hace con un asunto sujeto a un intenso dilema moral, y eso es muy perverso. Porque, cuando se ideologiza una materia, el debate moral es sustituido por el combate tribal. Las mujeres que daban saltitos no se alegraban por los abortos adicionales que la reforma pueda provocar, sino porque su equipo progresista ha ganado. En ese momento, a pesar de llevar batas, no eran médicos sino cheerleaders. ¡Dame una A! ¡Dame una B!... A-B-O-R-T-O. ¡Bieeen!
Hace unos años, cuando era diputado de Ciudadanos, acudí a un mitin en Alsasua en un ambiente absolutamente hostil. Para los nacionalistas que acudieron a apedrearnos, representábamos el fascismo, el mal absoluto; por ahí andaba el Carnicero de Mondragón, animando a sus amables convecinos. Cuando, escoltados por la Guardia Civil, nos dirigíamos al autocar que estaba a la entrada del pueblo, vi un grupo de chicas jovencísimas que nos increpaban con una pancarta desaforada: «os ahogaremos en la sangre de nuestros fetos». Entonces me desconcertó, pero ahora lo entiendo: habían convertido el aborto en una cachiporra para atizar al adversario en la pelea político-tribal. ¿Que la tribu enemiga no quiere aborto? Pues entonces es bueno: un río de sangre contra ellos.
Este es el disparate al que conduce la ideologización de los debates y la tribalización de la moral. En realidad, como el votante rara vez abandona la identidad política por la que optó, por los motivos más pintorescos, en su juventud, el político sabe que lo va a acompañar en sus peregrinaciones más desquiciadas. Tiene, por tanto, el poder de que su votante lo siga allá donde le lleve su interés personal (el del político), aunque resulte ser un páramo ético.
¿Cuál es la solución óptima? Ni idea, aunque a mí me parecía más razonable una ley de supuestos (la de Felipe González) que una de plazos (la de Zapatero). En todo caso, el debate sobre el aborto es demasiado serio como para dejarlo a ciertos políticos. Cuando quieran, hablamos sobre ello.





