Los resultados de las elecciones autonómicas de Aragón, en sintonía con los ya producidos previamente en Extremadura, demuestran la ceguera creciente de nuestros gobernantes. Por un lado, de los populares que gobernaban en ambas autonomías, pues tanto Guardiola como Azcón adelantaron los comicios para conseguir librarse de Vox y solo han logrado duplicar su dependencia. Y por otro, de nuestro desquiciado presidente del Gobierno, al que solo interesa su supervivencia personal mientras conduce a sus barones autonómicos al matadero.
La gente ha pateado los desmanes de Sánchez en el trasero de Pilar Alegría, cosa que al sociópata de la risa de Joker le importa tres pitos si logra frenar y desestabilizar al PP, aunque sea a costa de seguir engordando a un Vox que, de continuar las cosas así, pronto va a conseguir el sorpasso al PSOE. Un drama para su partido que a Sánchez le pillará silbando mientras consiga su objetivo personal, que es aguantar en Moncloa hasta finales del 2027 con esperanza de que se produzca un milagro.
Pero resulta necesario apuntar otra importante observación. El seguidismo acomplejado que los populares suelen hacer de las políticas socialistas en materias climático-ambiental, migratoria, cultural, lingüística, tributaria y reglamentista está causando que, en afortunada expresión de la columnista de El País Estefanía Molina, mucha gente crea que el PP es “el PSOE azul”. Y que, además, cuando haya un cambio en Moncloa muchas políticas seguirán siendo iguales en la mayoría de materias esenciales.
Por eso, hundido hasta el abismo el populismo comunista de Podemos-Sumar, los jóvenes españoles sin oportunidades, la maltratada clase media y muchos mayores desesperanzados que ven perderse sin remisión todos sus viejos valores miran ilusionados a Vox. Que, además, abandonó sibilinamente los Gobiernos autonómicos en los que gobernaba con el PP, eliminando el desgaste natural de la compleja actividad gestora.
Hoy nada de lo que haga Vox parece penalizarlo, aunque puede salirle un molesto grano con los outsiders de SALF, mientras la izquierda se despeña por el barranco -con el desprecio de Sánchez- y el PP parece haber alcanzado, pese al deterioro del PSOE, un preocupante techo de cristal. Puede ser una conclusión injusta, pero mucha gente no considera a los populares una opción ilusionante sino otra pata del bipartidismo en descomposición. Pese al buen talante de Feijóo, no es visto como clara alternativa sino como triste reemplazo rutinario, pues hoy prevalecen las emociones sobre la razón, y el PP aparece como un partido “sistémico”. Por ello jóvenes, autónomos y asalariados que malviven con ingresos mileuristas, tienen el barrio invadido por inmigrantes, no alcanzan ni en sueños la compra de una vivienda, ven desaparecer la seguridad y tranquilidad de sus calles, y soportan una imparable sangría tributaria, una burocracia asfixiante y un creciente prohibicionismo reglamentista tienen ya clarísimo que ningún partido de la izquierda va a solucionarles esos problemas. Pero tampoco tienen confianza en que los solucione el PP.
De lo anterior queda exceptuada Ayuso, que -guste más o menos fuera de Madrid- suele leer bien los tiempos políticos en España y en el mundo, habla el lenguaje de la calle y exhibe sorprendentemente ideas, valentía y escasos complejos. Por eso es odiada por Sánchez y surfea exitosamente el tsunami de Vox. A Moreno Bonilla hay que ponerlo en cuarentena porque, pese a sus demostradas cualidades, los rescoldos de décadas de subvención socialista y el vuelco a favor de Vox en viejos viveros de la izquierda (las 3000 viviendas de Sevilla) le auguran un futuro incierto.
La nostalgia de una política civilizada impide a muchos asimilar cómo funciona la política emocional de hoy.




