Jamás había vivido nada igual. La semana pasada, aprovechando parte de mis vacaciones, volé a Fez, una histórica y hermosa ciudad del norte de Marruecos.
Me alojé en el corazón de la zona antigua, conocida como la Medina: un auténtico laberinto encerrado por quince kilómetros de muralla, como si la ciudad hubiera decidido protegerse de todo lo que no fuera ella misma. Precisamente por eso se levantaron esas paredes. Para proteger a la ciudad contra invasiones externas, delimitar claramente el espacio urbano y controlar la seguridad.
El impacto visual fue inmediato. El paisaje y las calles poco tenían que ver con nada que hubiera visitado hasta la fecha. Callejones llenos de vida y color y estrictamente peatonales.
La Medina es, en sí misma, un mercadillo interminable. A cada paso, una tienda: comida, té, zapatos, ropa, souvenirs de todo tipo. Y así se repite el patrón en las más de 9.000 calles que forman el laberinto, hasta perder la cuenta de las veces que has pasado ya por el mismo rincón sin saberlo.
Para un turista como yo, perderse en esos callejones es tarea fácil. Y los residentes lo saben. Se muestran muy solícitos con los visitantes, aunque no siempre con las mejores intenciones.
Tienen, además, un don especial para detectar a los españoles. Antes de que abriera la boca, ya me recibían con un "bienvenido, amigo" seguido de un "¿has visitado las curtidurías?". Me sorprendió descubrir que prácticamente toda la población de la Medina habla español.
Con esa simpatía te enganchan a la primera y, una vez lo consiguen, ya no te sueltan. Insisten en enseñarte primero las curtidurías, luego las madrasas (escuelas religiosas o seculares), más tarde los hammams (baños árabes)… y así hasta que tú dices basta.
Llegado ese punto, uno ya se ha dado cuenta de que ese largo recorrido, y todo lo que te ha mostrado el guía improvisado, no lo ha hecho por amor al arte. O lo que es lo mismo: que no te va a salir gratis.
Llega entonces el incómodo momento de la despedida, que nunca es tal sin antes negociar un precio por el tour informal que te acaba de "regalar".
Yo caí en las garras de uno de estos guías el primer día. Me bastó para no volver a tropezar con la misma piedra. A partir de ahí, "no, gracias" fueron las palabras que más repetí durante mi estancia para regatear a los guías improvisados.
Ojo, que quede claro que esto no es una crítica; más bien, es un aviso a navegantes.
Eso en cuanto a la Medina. La parte más nueva de la ciudad (Ville Nouvelle) no tiene nada que ver, ni en el paisaje ni en la multitud de guías.
PD: Dicho esto, la ciudad es preciosa y absolutamente recomendable.




