Los estados de la Unión andan a la greña sobre el número de refugiados sirios que tienen que acoger. Es el debate de la solidaridad frente al sostenimiento económico. Al final, algunos han aceptado a regañadientes las cifras impuestas bajo amenaza de sanciones mientras que otros han alegado a la seguridad -como es el caso de Dinamarca- para cerrar vías de comunicación.
Razones humanitarias hay de sobras para no dudar en que es el momento de echar una mano a estas miles de familias que huyen despavoridas de la lluvia de bombas que se ha apoderado de su hogar. Aún así, Europa (por razones de cercanía) lo que está haciendo es comiéndose su vómito.
Todos los sirios refugiados lo son por motivo de una guerra cruenta que amenaza por igual a militares que a civiles. Sobre las razones que han llevado a esta situación no me pronunciaré, su complejidad y mi insuficiencia de información no me dan pie a ello, sin embargo, me gustaría reflexionar sobre un aspecto muy concreto que justifica el titular de este artículo, y lo haré con una pregunta.
¿Qué hace falta para hacer la guerra?
Sí, armas.
Que nosotros sepamos, Siria no es una gran potencia de la industria armamentística por lo que, aparte de las piedras que se puedan tirar unos a otros, de algún lado deben de proceder las armas que utilizan los partidarios de Bashar Al-Asaad y sus opositores. Dificil es creer que buena parte del armamento no sea de procedencia estadounidense, china o europea.
Según las Estadísticas Españolas de exportación de material de defensa, de otro material y de productos y tecnologías de doble uso del año 2013, publicadas por el Ministerio de Economía y Competitividad, España exportó hace dos años armamento, piezas o componentes militares por valor de 3.907,9 millones de euros. Entre sus cuatro principales mercados de exportación se encuentra Arabia Saudita, que apoya al movimiento opositor en Siria.
Esto son cifras oficiales. No obstante, es harto sabido que junto al de drogas y personas el de armas es uno de los tráficos ilegales que más dinero mueven en el mundo.
A todo ello lo que quiero decir que es muy estético para un estado acoger a refugiados que huyen de una guerra fratricida enarbolando la bandera de la solidaridad internacional pero luego lucrarse gracias a esta misma guerra.





